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[b]— ¿Cerveza? —[/b] Encontró cierta gracia a su petición. Hubiese pensado, tal vez, que la opción para beber después de un largo viaje, más allá de un té, sería agua. La Arcadiana cubrió sus labios con la diestra, pero el intento por disimular aquella risilla, falló. Recordó en un segundo todas las reuniones que su padre llevó a cabo con otros reyes, cuando Arcadia aún estaba a flote; el olor a cerveza y las carcajadas resonando contra las paredes del salón real se sentían tan frescas como si hubiesen sucedido el día anterior. Miró a su acompañante, siendo cómplices del jovial comentario. Los caballeros al frente bajaron la guardia, convencidos de que si ese individuo provocó el sonreír de su regente, de malas intenciones no podía ser.

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[b]— Eso tendrá, Ásarr. — [/b] Comentó con candor, y una extraña alegría. Era, quizá, la emoción de tener un visitante la que avivaba la mirada de Kassia. Y por lo visto, compartían cierta actitud aniñada, relajada a pesar del título cargado en sus hombros. [b]— Aunque en ese caso.. Usted y yo hemos de redireccionarnos, no al palacio, sino a una de las mejores tabernas que tiene mi reino. No le molesta si le acompaño, ¿Cierto? —[/b] Encorvó una ceja. Prefería preguntar ahora que poco les quedaba para llegar a la entrada principal del reino. Kassia era.. Una reina distinta. Podía jactarse de codearse con cada hombre de su pueblo, y como dijo al conocerse, acostumbró a todo el pueblo a tratarla como una "hermana" en reuniones casuales. No por ello perdía la pulcritud de su actuar: el de una Regina Arcadiana.

[b][c=#2D5680]— Hemos llegado, Doamnâ —[/c][/b]

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Arcadia, una isla escondida por la avaricia de un hombre, condenada al exilio y olvido. Una fantasía para artistas, poetas, escritores y soñadores; uno con la naturaleza pero al mismo tiempo de grandes avances tecnológicos (decaídos por la misma desgracia), era el reino que necesitaba levantar y volver a colocar en el mapa. ¿Cómo es que una utopía como aquella iba a ser ignorada por el resto de la humanidad? Estaba segura que podían ofrecer avances para otras naciones.... De no ser por su triste situación.

El relente de los mares les recibió a pesar de no estar cerca de las costas; la brisa fría paseó por sus mejillas y se deslizó por sus cabellos, removiéndole hasta la falda del vestuario. Llenó sus pulmones con el suficiente aire que le provocaría una sonrisa más.

Los hombres al frente se detuvieron. El más cercano a la soberana se aproximó, preguntó si era seguro dejarla continuar el camino sin una escolta, a lo que Kassia afirmó. Reverenciaron a la mujer y al hombre. De apoco, las siluetas de los jinetes sobre sus caballos se perdieron entre edificios y callejones.

[b]— Bienvenido a Arcadia, Rege Ásarr. Este es mi hogar. Y al salvarnos de mal intencionados, es su hogar también. Ahora sígame. El clima es, inesperadamente, adecuado a su previa solicitud, ¿No cree? Será una conversación.. [i]refrescante.[/i]—[/b]
 
 
[b]— Llámeme Kassia. No hacen falta las formalidades entre monarcas, ¿No le parece?. Realzar títulos no es propio de mí, aunque le confieso que mi padre se molestó más de una vez por mi "infantil" petición —[/b] Cesó las palabras del alto hombre antes de que éste continuara presentándose. Kassia era una extraña mezcla rara entre curiosidad, cortesía, elocuente y madurez que interfería con la primer cualidad descrita, que sus tres años de experiencia frente a un reino no daban justicia al entendimiento de su carácter. Tras una sonrisa liviana que fue justificante a su interrupción, continuaron caminando por el sendero verde, fresco que les guiaba al palacio de Arcadia. Era casi imposible imaginar que dicho imperio estuviera al borde del desaliento; y para cualquier renacentista, el reino cumplía con las demandas de la pintura y poesía: un sueño por donde se le viese, digno de inspiración y armonía.

Detuvo los pasos. Pocos segundos después admiró el hacer del visitante, no dudando en hincarse para sentir la tierra bajo sus pies, imprimiendo la huella de su blanquecina mano en la arena, llevándose gramos del material con el que jugó entre sus dedos.

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Observó con detalle cada grano de tierra en su mano. ¿Qué tantas veces anduvieron sus progenitores por el mismo camino que cruzaban ahora? Innumerables, pensó, hasta crear el fortísimo imperio que necesitaba cuidar. Ó tal vez, era ella quien necesitaba de Arcadia más que nadie. Conmovida por el actuar ajeno, apoyó la mano en la rodilla para impulsarse y ponerse en pie, sacudiéndose la mano al rozarla con la otra. La tierra merecía volver a su origen, cada grano era una perfecta pieza de rompecabeza.

Reanuda sus pasos gráciles y aristocráticos junto a la postura de toda soberana; las manos siempre unidas al frente a la altura del vientre y espalda recta. El cambio de expresión en su rostro, por otro lado, fue súbito. Ambas cejas se elevaron y sus ojos mostraron la sorpresa que con la voz intentó acallar.

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[b]— Recuerdo alguna de mis ayas contándonos historias de otros reinos, Ásarr. Pero si he de sincerarme, desde hace tres años he puesto un límite al conocimiento de otras etnias y sus relatos, a cambio de encontrar la salida a nuestro infortunio, no obstante.. —[/b] levantó el rostro, hasta asegurarse de que sus miradas conectaran y estuvieran sus palabras llenas de convicción. No, Kassia no era una mujer ignorante. Estaba sedienta por todo ese saber del que estuvo privada de un solo tajo al inicio de su reinado, sin embargo, esos caprichos fueron resguardados con candado hasta encontrar una solución. Embelleció la pena que afligía su corazón con una sonrisa que sosegaba a cualquiera, y transmitía los más cordiales sentimientos del reino.

[b]— Una taza de té de menta será el añadido perfecto para la larga conversación que nos espera. Estoy segura que tanto usted como yo vamos a llevarnos más de una sorpresa. —[/b] Sin ningún deje tímido, palmeó suave el antebrazo derecho de su ahora compañero. Una invitación implícita a seguir, ya que, no muy a lo lejos, estaba la gran entrada a Arcadia. Ya podían verse las estoicas torres y la colección de estatuas de piedra con forma de guerreros que custodiaban su reino. El corazón se le aceleró; el alma le vibró al sentirse cerca y regresar con alguien nuevo. Claro que no sólo ella sentiría el júbilo de un visitante, su gente misma se llenaría de eso que iban perdiendo con el paso del tiempo: [i]esperanza.[/i] Si un hombre pudo llegar, ¿qué les impedía salir del olvido?.
 
 
*Para cualquier mortal, el cielo grisáceo puede avecinar alguna tormenta, sin embargo no para ella. El instinto, la percepción y su capacidad le avisan que se aproxima algo muy diferente a lo que generalmente es común.

Con un imperante, pero breve movimiento, hace una seña a sus huestes para que paren en aquel momento y no sigan avanzando. Cuando su orden es obedecida, ella, junto con la legión se colocan en estado de alerta, cual manada de peligrosas fieras esperando a algún clan u otro depredador enemigo que amenace con arrebatarles su dominio en sus tierras.*

-¿Qué sucede mi...

-Calla.

*Con aquella orden, el soldado que pensaba abrir la boca para expresar su inquietud, vuelve a quedar en silencio junto con el resto de sus compañeros. La incertidumbre se está apoderando de la legión, sin embargo no transcurre demasiado tiempo para que un destello desde el cielo les avise de la llegada de algo, más la misma capacidad de aquellos guerreros al detectar auras y que tan peligrosas pueden ser, que sus supociones se responden de una manera muy grata.

Sin embargo, es para cuando el rayo de energía se dispara desde el cielo y poco a poco comienza a tomar forma, que la reina se queda impávida, fría y calculadora ante tal evento. Efectivamente, hace mucho tiempo que la pequeña princesa había dejado atrás su descontrol ante sus emociones y su alma se ha vuelto un mastín de hierro, algo que contrasta enormemente con la primera impresión que evoca a los demás señores esparvus.

En cuanto el hombre se hace presente como tal, ella lo escudriña con una inquietante mirada fría y antinatural para los humanos, pues dentro de sus hermosos y resplandecientes ojos heterocromos, uno de los cuales es dorado como el topacio y el otro azul como záfiro; se anuncia el infierno mismo, para quien tuviese la capacidad de escudriñarlo.

Pese a la clara diferencia de estaturas y complexiones, pues; la reina esparvus, al contrario de su casta posee una baja estatura y una figura que, en primera impresión resultaría "delicada" y "frágil", y no es hasta que la observan bien que, pese a su finura y notables curvas, cual fémina que es, posee una marcada musculatura que enseguida anuncia una guerrera imbatible ante su presencia.

Con una fría y dura expresión de su semblante que afelina aún más sus finos y suaves rasgos, dulces se podría definirlo incluso, a excepción por el mismo curtir de su pose facial; mira con detenimiento y atención al hombre frente a ella, escuchando sus palabras. Reparando en el comentario sobre su género, comandando una legión, esboza una ligera sonrisa socarrona, por fin emitiendo un gélido y aterciopelado, aunque amedrentador pese a lo suave del mismo, timbre en su respuesta.* ¿Acaso los mortales no tienen mujeres que sean las mentes maestras en una guerra? Lamento decirte que mi raza si... *Ante las preguntas su sonrisa vuelve a desaparecer, para de nuevo adquirir la cruel expresión en su rostro y responder levantando apenas la voz.* A tus dos preguntas una sola respuesta. Soy Erzebeth von Schwarzen, reina de la casta guerrera Esparvus, heredera legítima de Drachenzunge y conocida como el Arcángel de la Rebelión, más otros títulos que no mencionaré en este momento. La lista es demasiado larga.
 
 
Y miró al veterano con una expresión de notable fastidio, si por ella dependiese cegaría lo que queda de la vida de él con su tridente, pero ante todo era una noble cuyos principios y valores estaban por encima de los sentimientos inmediatos. Respiró, puso sus manos al frente en una señal de "alto" a sus propias emociones y se dijo a sí misma un claro "¡no!", y el giro que tomó la escena le favoreció porque el líder, cuyo nombre iba a recordar siempre como Ásarr Rhage, el "Razador", quien pudo bajar el tono del anciano y al tiempo, avergonzar al menor, algo que le pareció un tanto divertido a la hija del Xebel y que apreció como habilidades de un gran líder. Parecía tener un valor y coraje únicos, y tampoco hallaba pizca de maldad, superficialmente en lo que podía ver de ellos, incluso del gruñón. [b][c=#660000]<< Escuchaste bien, mi señor Ásarr. No te traicionan tus oídos cuando escuchar de donde gobierno y me place conocerlos, Igor y ... anciano. >>[/c][/b] se lo había ganado, diría su nombre solo si ella lo considera digno y, pese a ser una reina, era aún bastante joven y su actitud no podía ser del todo gentil. Pero con los otros dos era ahora amable, parece que no hay motivo alguno para desconfiar, menos cuando el Razador aprueba un descanso para ella, él no erra en sus palabras, ella estaba agotada aún. [b][c=#660000]<< ¡Gracias! Si algún día las circunstancias lo permiten podrán tener el privilegio de conocer Atlantida, un honor que pocos humanos han tenido en siglos.>>[/c][/b]

Entonces retrocedió nuevamente al fuego, a ese círculo formado por caídos troncos de manera para entrar en contacto con el calor; incluso cuando ella estaba acostumbrada a ambientes desfavorables ese escenario le parecía frío en exceso, poco solía ir a los mares del norte, conocidos por su ambiente gélido. Conocía varios lugares de la superficie y no creyó que existieran aún tribus como esa que había encontrado, tal vez su conocimiento del mundo no era tan bien estudiado y sentirse ignorante no era una opción, ahora, posiblemente la mejor forma de perder el frío era charlando con ellos, conociéndolos: [b][c=#660000]<< Dígame, Ásarr. ¿Quienes son ustedes? Más allá en el sur existen grandes ciudades, conozco el reino de las amazonas y a personas con habilidades inimaginables que defienden este planeta. Pero ustedes me parecen curiosos, su forma de vestir... es solemne su apariencia. ¿De dónde vienen? ¿A qué se dedican? >>[/c][/b]

Así concluía ese interrogatorio, era forma alternativa que ideó para romper el hielo, miró con la frágil sonrisa en sus juveniles facciones, invitando con sus manos a que tomaran también asiento aquellos varones, aunque podía manipular el elemento agua, puede que no se sintiera tan bien desde hace tiempo cerca de una fogata.

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[b]- Lo imagino, después de todo hablamos de ti..- [/b] Continuó mostrando un tono más grato de como había iniciado su relato; mitigó su mirar sin despegarlo del enardecido nórdico forjando una afable y cálida sonrisa sobre sus suaves y acotados labios. [b]- Sabrás todo en su momento querido, lo prometo. Y sabes de antemano que mis promesas jamás son en vano. -[/b] Acentuó con orgullo esta última parte pues se regocijaba de no haber faltado a ella en lo absoluto.
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Se inclinó grácil a tomar con su diestra aquel cuerno tradicional; con mano sólida y un solo y ágil movimiento lo dirigió a sus labios, presto inclinó para engullir de un solo sorbo la mitad de la exquisita bebida. Ya próxima al fuego y a él tomó un par de rebanadas de queso y un cuarto de hogaza de pan; podía sentir como el placer de siquiera olisquear algún alimento que no se encontrase putrefacto le recorría con presteza fosas nasales. Inhaló y exhaló gustosa los aromas que le rodeaban; como lo había extrañado.

Siniestra llevó con premura la primera rebanada a su boca, empero antes de tocar sus labios ocluyó sus ojos un instante y con un tono aún más bajo que antes susurró casi hechizada por el momento. [b] - Y mientras eso pasa... Podrías contarme que has hecho este tiempo.- [/b] Observó de soslayo a su anfitrión, finalizando la escena al devorar con arrebato una tajada tras otra. [b]- Ah, por todos los dioses, hace años que no comía algo así.- [/b] Admitió para sí, deteniéndose de manera intermitente para demostrar que el haber pasado tantos años en el maldito infierno no había afectado sus maneras [?].

[b] - De seguro es algo muy interesante, vamos... tengo bastante curiosidad por saber que ha hecho el hijo del padre de todo durante todos estos años.- [/b] Farfulló mientras tomaba asiento en el suelo, cerca de aquel roble que refulgía con el fuego que le consumía poco a poco. Su piel nívea comenzaba a absorber con dilación el calor, mostrándose más acentuada en su rostro, pues un escaso rubor comenzaba a dibujarse sobre sus firmes y prominentes pómulos. Sonrió inocente, mirando maravillada la llama frente a ella.

El ruido de la ventisca llegaba a sus oídos, por fuera el hielo que ya se encontraba agolpado en las paredes de la sólida morada provocaba un bajo eco que retumbaba sólo en los oídos más sensibles; de vez en cuando el gélido aliento del invierno se filtraba por las imperfecciones de la cabaña; las cuales que a pesar de ser muy pocas, permitían que una débil ráfaga acariciara con recelo sus espaldas. La joven griega se estremeció, no obstante, aquello le hacía saber que se encontraba en casa, en el lugar correcto.
Intentó disipar aquella inocente y torpe sonrisa sin mucho éxito; era imposible mantener aquel semblante serio y mortal con ciertas personas; una de ellas se encontraba al lado suyo. Doblo ambas rodillas y las juntó a su pecho; les acogió con ambos brazos al instante en que, ocultando su boca, recargó su nariz sobre estas. Aún a la espera de la respuesta del rubio, disfrutó de un instante lo que le había proveído.
 
 
*Tiempos de guerra pueden forjar el carácter y curtir hasta el alma más suave y dulce. Y es lo que ha ocurrido con la, ahora reina y heredera de Drachenzunge, soberana de la raza guerrera demoníaca conocidos como esparvus. Su expresión dura y mirada fiera no es sino el resultado de haberse visto obligada a inmiscuirse en un destino lleno de sangre y muerte, y el tener que guiar a otro por dicho sendero.
Después de un sin número de eventos, se encuentra ahí, ahora a la cabeza de huestes abismales que en ese momento recorren un largo y boscoso sendero, quizá en búsqueda de más ciudades que devastar, quizá en pos de encontrar a algún aliado, es incierto a veces el motivo de la reina hacia el mundo, quien ya comienza a conocer sus proezas o devastaciones, según sea el caso, y se preguntan el porque de sus acciones, a las cuales, sólo ella y sus más fieles allegados solo lo saben.
En aquellos instantes, mientras se adentra con sus huestes en aquel extenso, oscuro y místico bosque, considera la posibilidad de que, quizá algunos reinos se unan a su causa, reinos que sean neutrales en cuanto su manera de ver las tiranías que su padre cometió en el pasado y es justo el objetivo momentáneo de la joven reina esparvus. ¿A quién conseguiría? ¿Accedería o por el contrario, la vería como amenaza? Aquello es algo que está por verse.
Pese a el inmenso frío otoñal de aquel lugar, clima que anuncia la cercanía de un crudo invierno, ni ella ni sus hombres se ven mermados por el mismo, tal cual como si estos no fuesen seres vivientes que necesiten resguardarse del mismo, y no corriesen peligro de ser abatidos por la crudeza de dicho clima.
Mientras cabalgan en lo que parece ser una tétrica fusión entre un caballo y un dragón, uno de ellos se acerca a preguntar a su reina sobre su acción, en caso de que las alianzas no se logren y por el contrario los vean como enemigos y ataquen. A lo que ella responde con un frío, duro, pero un dejo de dulzura en un timbre particular de voz.*

Entonces sus aldeas se verán reducidas a cenizas....

*Tras aquello, el soldado asiente, como si fuera a reverenciar a su reina, mientras avanza su montura junto a la de ella. Su mirada denotaba que ya se había acostumbrado a lo radical en su manera de probar su poder, pero también que aquello jamás lo decepcionaba, como comprobándose una vez más que aquella esparvus, pese a su escaso tamaño en comparación con otros de su raza; es una líder digna de seguir y entregar su existencia infernal por ella.*
 
 
La faz impasible de la Arcadiana se vio quebrantada por una sonrisa cándida, merced al comentario del Rey y su propio actuar. Olvidaba que, en tierras ajenas a su reino, su lengua era desconocida. Afortunadamente, su idioma era raíz a otros dialectos y comunicarse no era problema alguno. Miró al alto hombre a su lado, señalándose con el dedo índice.

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[b]— "Regina" es como nos referimos a nuestras regentes de género femenino. "Regê" es el género masculino. No tiene de qué preocuparse, que aunque el dialecto de mi pueblo sea distinto al suyo, comunicarnos será sencillo. — [/b] Asintió suavemente, sin detener la caminata que les regresaría al punto principal de Arcadia: el Palacio Real. [b]— Por diplomacia, mi gente acostumbra llamarme Regina Kassia pero aún hoy día, sigo debatiendo el uso de ese sobrenombre. — [/b] Señaló a Segnior Pietro con el mismo dedo con el que se hubo señalado antes. [b]— Aquel hombre me ha llamado "Mi Doamnâ" antes. Es el equivalente al "Mi Lady" que le escuché decir previamente, Rege Ásarr. — [/b]

Era difícil ocultar la emoción por recibir visitas. Si bien no lo demostraba con gestos animados, el brillo en sus ojos delataba toda sensación alegre. Sus hombres se miraban los unos a los otros. A diferencia de la Arcadiana regente, tenían latente la herida que el general Ánh dejó en sus vidas. Casi juraban que Kassia pecaba de ingenuidad, ciega a salvar su reino. Pero no le culpaban del todo, tenía muy poco liderando la nación.

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El sonido de las olas al chocar contra arena y rocas iba perdiéndose conforme se alejaban del lugar. No tardaron en entrar a una zona más boscosa, con naturaleza rondando por doquier. Arcadia era "amigable" con la naturaleza. A pesar de contar con magníficas construcciones y avanzada tecnología (que empezaba a deteriorarse por el domo protector, invisible al ojo común) iba de la mano con la fauna y flora. Era normal ver los grandes edificios y monumentos ser enrollados por plantas y flores; los animales se andaban con libertad absoluta. Arcadia era en sí una utopía. Por ello mismo, los anteriores reyes nombraron de esa manera el reino.

[b]– Quisiera agobiarlo con toda clase de preguntas, pero desconozco de qué tan lejos viene. Y no es propio de una Reina cuestionar. Así que adelante. Tenemos camino qué recorrer. Responderé a sus dudas, Rege Ásarr. –[/b]
 
 
[b]— Si, no suena nada mal... me gustaría un poco. —[/b] Afirmó con suavidad y certidumbre mientras se precipitaba con presteza a la habitación indicada por el nórdico; sus pies desnudos provocaban un eco casi sordo, pues con ligereza danzaba por el pasillo de aquella sólida cabaña. [b]— ¿De verdad? ¡Creí que no apestaría tanto a esa maldita magia!, no te imaginas Razador, ha sido toda una odisea. —[/b] Pronunció en alto tono mientras escudriñaba exhaustivamente las colosales indumentarias que resguardaba en aquella pieza.

Un manojo purpúreo se hizo presente en su cráneo, cayendo ondulado frente a sus ojos, ocluyendo el níveo rostro ya conformado. Resopló con cierta molestia. Estorbo para su objetivo decidió sujetarlo en una coleta con sus propios mechones de por medio, dejando entrever una cabellera que alcanzaba su vértice en la espalda baja.
Con prontitud, posterior a finalizar aquella tarea, continuó absorta la búsqueda de la prenda adecuada; la cual encontró en una de las largas capuzas de color negro que el rubio solía utilizar. [b]— No hay mucho que platicar en sí. Decidí hacerle una amistosa visita a nuestros amigos japoneses; sin embargo... tuve algunas diferencias con Izanami. La diosa regente y de la creación. —[/b] Se encogió levemente de hombros, consciente de que Razador no se encontraba presente, sin embargo era prácticamente como un reflejo. Mientras continuaba su relato con tan vehemente y desconocido alborozo, tomó la capa y comenzó a calzarla sobre ella en forma de una rudimentaria pero elegante toga oscura. El ancho y el largo era perfecto para diseñarla sin necesidad de agregar o recortar detalles. Distinguió lo que parecía ser un largo y sólido objeto dorado, o más bien un "cinturón de guerra", se lo pensó varias veces pero al final se doblegó ante la idea de colocarlo en el torso para afianzarlo.

[b]— En fin, ella me dijo algo así como " No puedes salir de este reino, quien entra aquí no puede regresar a la tierra de los vivos" Y pues, sonó bastante a un reto estúpido... si me lo preguntas. —[/b] Bufó a la par que removía su atuendo improvisado para evitar alguna arruga indeseable. Posterior a ello se encaminó hacia el portal en el que había visto la última vez a Rhage, continuó con su reseña altiva, pero con tonalidad ingenua y mujeril. [b]— Así que le respondí que no podía quedarme ahí y eso no le pareció... más bien, podría asegurar que parecía molesta conmigo. —[/b] Colocó su bien perfilado dedo índice sobre su labio inferior, forjando un ademán de desconcierto y fingiendo el intento de recordar algo en vano, revolviendo ambas manos con sutiles movimientos. [b]— Así que me lanzó a todos los demonios come almas que pudo, tardé años en poder deshacerme de todos hasta que pude llegar de nuevo a la puerta en la prefectura donde había entrado, sin embargo esos bastardos drenaron todo mi poder y energía en el proceso... Es por eso que terminé en aquella forma cadavérica, no tenía suficiente energía ni magia para poder mantener este aspecto. —[/b] Señaló en un movimiento todo su cuerpo, haciendo pantomima de soberbia presentación.
[b]
— Así que por ahora, estoy por los suelos... Sólo he podido re conformarme de camino aquí, pero de ahí en fuera tendré que esperar a que mis poderes se regeneren... Si es que ese dren no fue algo permanente... Aunque no lo parece. — [/b]Afirmó despreocupada, pues el hecho de que pudiese volver a aquella forma humanoide debía significar que en algún momento, sus poderes recobrarían la suficiente fuerza para volver a ella. Se mantuvo en silencio, a la expectativa de lo que diría a cerca de su aventura, su atuendo, o su terrible aspecto al inicio de su encuentro. Se recargó con ligereza en una de las columnas de la cabaña; escuchando atenta los fríos y furiosos vientos del norte, los cuales se acercaban con premura a derruir con furor lo que se encontrase a su paso. Ocluyó ambos ojos con lentitud al mismo tiempo en el que tomaba una helada y discreta bocanada de aire. Música para sus helenos oídos.

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[b]- ¿A caso así le hablas a una dama? Definitivamente no me sorprende. - [/b]Bufó en un tono burlesco, la mayoría de las facciones se habían hecho ya presentes mientras hablaban, por lo cual aquel rostro pulcro y níveo se había recuperado casi en su totalidad, retomando su forma. Frunció su nariz, la cuál mostraba ya su tersa y reluciente piel, movió la cabeza de un lado a otro con ritmicidad, denotando implícitamente un reclamo al rubio. [b]- Nunca cambias .-[/b] Lamentó con exageración; mientras tanto, el frío había ya calado sus de por si desprovistos huesos; era como un huracán que atormentaba con fiereza sus piernas y el tórax de manera abrupta, un escalofrío recorrió su cuerpo hasta provocarle un ligero temblor distal. Intentó con todo su poder de convencimiento serenarse ante aquellas situaciones climáticas, sin embargo, debido a su estado actual y la poca energía que había resguardado posterior a aquella travesía, no lo logró.
Resignada intentó erguirse lo más que pudo para derribar aquella imagen cadavérica y vulnerable que le mostraba al joven guerrero, sin embargo, aquello no ayudaba de mucho a su aspecto "femenino", pues al hacerlo permitía filtrar la escasa luz de los últimos y agónicos rayos del astro por sus costillas.

[b]- Quizá podrías invitarme alguna vez. No me molestaría en lo absoluto ¿sabes?.- [/b]Sonrió temeraria, fijando su límpido mirar en los ojos celestes del nórdico, en un gesto casi inocente por tan solo un instante.
Prosiguió sin detenerse tantos segundos en aquellas palabras.
[center]
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[b] - Pero la realidad es que en ello tienes razón, no la espero. - [/b]Dejó escapar una risa burlesca por sus labios, por tanto, decidió pasar frente al semidios, poderoso y sabio hombre al que a pesar de respetar y admirar en demasía, no se cansaba de bromear y molestar.
Giró en torno hacia la cabaña y continuó hasta encontrarse en el pórtico, giró escasamente su rostro e inquirió.

[b]- ¿Vienes? -[/b] Intrigada por pensar que inclusive al nórdico con ascendencia divina sería capaz de salir en medio de la tormenta. A la espera de su respuesta colocó uno de sus pies dentro de la sólida cabaña, sonrió y con un movimiento casi felino alzó sus manos hacia el techo, estirando sus esqueléticos brazos mientras sentía la calidez del fuego.

[b]- Y necesitaré ropa, Rhage. Así que puedes darme o iré a hurtar tu habitación, y quizá también tu alacena... y tú baño... Si es que tienes. -[/b] Siseó. Dio una carcajada por lo bajo sin quitar aquella mueca maliciosa que le caracterizaba tanto.
Era bueno estar de vuelta en un lugar tan conocido para ella.
 
 
Un retumbar de gran magnitud hizo estremecer el frondoso y gélido bosque. El follaje ondeó con fiereza un instante mientras la fémina avanzaba por el empedrado camino.
La regeneración era continua, pero lenta; su rostro, aún mostraba aquella lúgubre faz con aspecto esquelético; que ya se encontraba con escaso músculo a nivel de los carrillos.
Presurosa avanzó con recelo, la energía del nórdico se había hecho presente de manera vaga en su radar, se detuvo un instante ante la incertidumbre de encontrarle en aquellas condiciones.
Resignada, retomó su andar con pesadumbre.

[b] - ¿A caso ves algo de bueno en esto, Razador?-  [/b]
Despotricó con tono sagaz, hastiada por el hecho de hallarse en tan pútridas condiciones. Con un andar atáxico, continuó acercándose al rubio hasta encontrarse a una considerable distancia en la cual sería capaz de escucharle; la diferencia de altura le hacía sentir aún más desprotegida, sin embargo, no mostró un ápice de temor, más bien, de disgusto.

[b] -Quizá tú tengas mejores nuevas que yo. -[/b]  
Su dentadura perlada que mostraba de comisura a comisura, se movía rítmicamente al mismo tiempo en que una abundante masa de fibras comenzaba a cubrir lo que posteriormente serían sus labios y mejillas. Suspiró con absoluta calma, intentando apaciguar el torrente emocional que corría dentro de ella, sabía que ahora tendría al menos un momento de descanso. Dirigió su reluciente mirar hacia el cielo; la noche, con sus leves indicios acaecia sobre ellos.

Acompañada de la helada, parecía la profunda oscuridad el único destino que les acechaba. Sus fibras nerviosas comenzaban a captar de manera súbita y enérgica los pequeños rastros de la oleada climática.
Inquieta, miró con malicia y desesperanza la desvencijada morada, a la espera de una invitación no solicitada.
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Ásarr Rhage | Comments (Page 3) | iOrbix
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