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| Desde que te fuiste sin despedirte y regresas sin buscarme primero :c (?)
 
 
| Lo que quieras, dude, lo que quieras (?) Yo recibo cualquier cosa que venga de ti u/ú (?)
 
 
| Nadie como tú, NADIE. Ven a darle amorts a ésta pecesita, que ya se hartó de la vida en batalla (?)
 
 
| Ahora tu vida ya va a estar completa, otra vez. Yo sé que me extrañabas (?)
 
 
Khadimar siguió los desplazamientos del varón, entre que sus ojos, agudos y afilados como el de un ofidio, oponen sus grises e inexpresivos ante la efigie ajena, reflejándose en sus retinas cada uno de sus movimientos y expresiones, discerniendo las socarronas expresiones en el bello rostro del hijo del trueno, cuál complementando con igual tono su masculina voz, le acompaña, hablando de una mítica historia del génesis del reino de Ghaaliya a cuál le es heredero al trono. Si bien, él no rio como él deseaba hacerlo a sus interiores, la avidez de la mirada especuladora de su servidor, pudo distinguir con relativa sencillez aquel escozor mordaz que imbuye su discurso, cosa que le pareció de sumo interés, dado a su perenne curiosidad.

[i][c=#003366] “…” [/c][/i]Guardó silencio, ojeando en breve las acciones que hacía con sus manos sobre el libro, para después volver la mirada en la cara ajena, y así fue, entre breves prórrogas, pintadas por el escarnio del cómo trataba tan valioso artilugio, observaba a vaivenes entre el cuerpo y la boca de su dueño, dueño en el sentido que él percibía de su liberador de cadenas y hostigos

[b][i]“¿Qué mundo es este?” [/i][/b]Enhebró interina la mente del pelinegro, le parecía del sumo inverosímil el hecho de que los Dioses actúen de forma tan poco discreta y campante sobre la voluntad de sus creaciones, los hombres, cuales voluntades hasta ese instante las conocía naturalmente como un algo inapelable y congénito, un albedrío libre propio de la entropía que rige el universo y no algo que ha de ser controlado tan celosamente por los celestiales, inclusive si ello significaba la destrucción de la especie, pues esa es la consecuencia natural de las acciones. Una idea tan contraria a los conceptos que tenía por entendido su metafísica era, sin dudas, algo aterrador y a la vez mórbido, más cuando el rubio señaló hacia un punto determinado, cuál propio rostro viró y siguió con su mirar, y la razón cavilaba en el eterno castigo de tener el ánima crepitante, chamuscada y ardiendo por la eternidad cuál tea mortificada por el quebrantamiento de la ley de las Diosas de tan inconcebible paraje, la sola idea de aquel destino le hizo tensar la quijada, apretando los labios uno contra el otro y arrugar el azabachado ceño.

Volviendo al amo de su atención, notó con pasmo el cómo el libro empezó a ceder el agarre férreo del relator blondo, para después volver a la calma de un pausado suspiro y nuevamente su voz le interpela sobre qué conocimientos deseara interpelar o qué hacer, más asiente con la cabeza a ojos cerrados para agradecer la respuesta a los enigmas de la ciudad. Tras unos instantes de meditación, en cual rascó con el dorso del índice su mentón, enhebró otra pregunta, más esta sería guardada para otra ocasión; Súbitamente sus ojos, dirigidos a la figura de su reverencia, se abrieron como platos en nefasta sorpresa. [i][c=#003366]“¡Khalil, atrás tuyo!”[/c][/i] Gritó su nombre a la vez que rápidamente se abalanza sobre su compañero, empujándolo hacia el costado izquierdo de un fuerte abanico de su brazo derecho contra el cuerpo ajeno. Ahí es donde Khadimar se encuentra frente a frente ante un extraño cubierto de una chilaba y turbante negros y embozado por una grotesca máscara dorada con apariencia de león.

El sujeto con una daga en la mano, estuvo a punto de realizar traicionero sicariato contra el hijo del trueno, más este logró ser protegido por su sirviente, quién a nombre de él, recibe la cobarde puñalada directamente contra el antebrazo izquierdo, atravesándolo de par en par con su hoja y vertiendo a borbotones su sangre por los adoquines del paseo peatonal, creándole una nueva cicatriz. [c=#003366]
[i]"..."[/i][/c] Ni un suspiro, gruñido o queja provino de sus labios a pesar del calvario de la herida abierta y sangrante, el rostro del alguna vez esclavo estaba concentrado en la misión de proteger al dueño de su corazón, misión que llevaría al reducir al atacante, quién trató de arrancar el filo del acero de las carnes ajenas, más estas se apretaron alrededor del instrumento de muerte al crispar sus fibras musculares, sin dejarle ir y en su sorpresa, el puño de la extremidad libre del varón le encuentra con hercúlea fuerza en sus sienes, aturdiéndolo y desplomándolo de espaldas al suelo.

Sin vacilaciones, miró de vuelta al rubio, creyendo que lo peor había pasado y le pregunta, aún con la herida abierta en su apéndice. [c=#003366][i]“¿Está bien, Khalil?” [/i][/c]Preguntó con vozarrón agitado, más preocupado por el príncipe que de su propio bienestar físico, sin embargo, este finalmente cedería, cuando el pelinegro muestra por unos instantes la mirada perdida y nebulosa, y entre breves tambaleos, terminaría besando el suelo de igual manera que el asesino; La daga del infeliz estaba envenenada.
 
 
Seguiría escuchando, ahora sobre el gran y loable desafío de cuestionar las fuerzas que buscan mantener tan horrendo status quo, destruyendo el nefasto destino de su propio pueblo. Sin embargo, la oportunidad de preguntar llegó a sus puertas, más titubearía al respecto, le sería difícil determinar si era adecuado indagar en semejante pasado, aquel que sin dudas, le generaba tanto oprobio por lo que el mismo señaló, quizás sería una mejor conversación para otra ocasión y no algo que sostendrían en la mundanidad de aquel sector público y comercial, pero se sentía comprometido a responder con alguna duda, nada más para honrar el deseo de amistad de su excelente señor. Entonces luego de que sus ojos estuvieran errantes por unos segundos dedicados al pensamiento y la abstración, alcanzó a elaborar una pregunta que quizás no signifique gran dicterio contra su interlocutor.

[i]“Gracias.”[/i] Dijo con naturalidad, para después devolver el libro a quién se lo había pedido prestado, y dio una breve reverencia a modo de disculpas por meter sus narices en algo tan privado. Luego caminaría diligente y apresurado, para nuevamente ponerse al lado del rubio, quién había le había adelantado en el paso. Una vez a un lado de él, volteó su pálido rostro a mirarle, con la convicción asentada vívidamente en la seriedad de sus ojos.

[c=#003366][i] “Khalil… Dígame ¿Quién fue el que escribió todos esos libros? ¿Y por qué hizo algo tan tiránico y despiadado?”[/i][/c]

Preguntó sin tapujos y luego, guardó silencio nuevamente, aguardando por la respuesta de Khalil.

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Caminó junto al acreedor de su existir, siguiéndole el paso de manera casi sincronizada, con los labios cerrados, simplemente se dedicó al igual que él a mirar los llamativos coloridos del comercio de la ciudad de Ghaliyaa, acompañado de las distintas melodías del maqam arábico, emergentes de distintos laudes árabes, rabeles, tambores de copa y zurnas, que servían de entretenimiento de las masas que conglomeran en los tenderetes, litigando apasionadamente los precios de los víveres, artilugios y variados avíos. Luego se detendría al igual que su amo para dejar pasar el faetón, ciertamente se vio un atisbo de molestia en su rostro, cuando sus negruzcas cejas se fruncían al ver pasar a la chusma, interrumpiendo el paso de los pies del príncipe. Más dejaría escapar un breve suspiro para volver su semblante a la normalidad, antes de que su superior pudiera notar su expresión y siguió caminando junto a él, acompasando nuevamente su caminar. El plomizo de sus ojos nuevamente se fijó en el rubio, sintiendo a través de esta que algo le carcomía por dentro, [b]“Quizás no fue una pregunta adecuada”[/b], pensó para sus adentros, quizás había gatillado algo en lo profundo de su alma, mancillar cicatrices de un pasado de cuál no sentía ni el más menor orgullo, pero aun así, si habría de servirle como correspondía, debía conocerle mejor como a dé lugar, no por motivos someros como es la curiosidad, sino porque al entender el hombre que fue y el hombre que es ahora, le ayudaría de sobremanera para asistirlo plenamente al hombre que será.

Una vez que él abrió sus labios para dirigir la palabra a el pelinegro, este siguió con los labios sellados, aguardando por las palabras que diría, asintiendo respetuosamente a ojos cerrados de gratitud por el haber mencionado su estado como hombre libre, y así, siguió escuchando su discurso, con los sentidos tan centrados en la existencia ajena que parecía oscurecer cualquier distracción del fragoroso ambiente en que se encontraban, sus grises ojos, como de costumbre, inexpresivos como los de un ofidio, los labios apretados, los oídos dispuestos y la mente limpia, preparada para almacenar cualquier información que pudiera provenir del blanco de su perenne e implacable deseo servil. Escuchó y escuchó sus palabras; Sobre la misteriosa y desconocida, para él, figura de Nadima y luego escondería la sorpresa en el rostro de saber la negativa percepción del foráneo dentro de las murallas del reino, enfatizado en su condición como un forastero que ahora residía en ella.

Finalmente vio la tristeza florecer en su expresión, al punto de compartirla, el dolor de él era suyo, así lo sentía, por lo que no pudo evitar tomar con la mano siniestra su pecho, donde reside el corazón herido de verle así, deplorándolo profundamente por el inmenso cariño que sentía por él, hasta el punto de entreabrir su boca para dejar escapar un sufrido y ahogado suspiro. Una vez recobrada su compostura, observó el obrar del rubio, y con estupor recibió el libro que adquirió con permiso y permuta. Sin más consideraciones, empezó a leer sus desgastadas páginas con gran asombro a la vez que oía lo que decía, este libro… Poseía escrito el destino de uno de los azarosos habitantes del reino. Si bien no lo parecía, Khadimar, dado a la esclavitud a cuál fue sometido, era un versado natural en las fuerzas arcanas, aquellas que escapan del conocimiento de los simples comunes, por lo que no era un extraño a los poderes místicos, tales como son la clarividencia y la adivinación, sin embargo, el poder para regir el destino de los mortales le pareció algo grotesco, ajeno de toda realidad, digno de los dominios cósmicos de cuales solo los mismísimos Dioses serían sabedores.

Cerró el libro con amargura, ya había leído lo suficiente para entender a qué es a lo que se enfrentaba que el hijo del trueno, al igual que él sintió el horror de semejante aberración, en contra de todas las normas de la creación. La vida y el existir está dominada por las fuerzas del cambio, tratar de controlar la entropía del universo a ese nivel no era solo imposible, sino una blasfema con el orden o desorden natural de las cosas, un insulto a consigna del hechicero. Después se daría cuenta un detalle, ¿Por qué él no tendría libro? Inquirir en semejante cuestión podría resultar un mal sabor para quién le expone las verdades de Ghaliyaa, por lo que quizás consideraría no indagar más en el tema.


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Sus grises ojos se abrieron como platos y sus carnosos labios se crisparon en un punto rosáceo de estupor por la amonestación del príncipe, escuchándole atentamente cada una de las palabras que emanaron de su boca. [c=#003366]“Sí, K-Khalil.” [/c]Replicó con el nerviosismo floreciente en su barítono y tal como él terminaba la reprimenda le obedece de forma inmediata, poseído por los imperios de su firme voz sin titubeos, especial cuando este le honra con el pronunciar de su común nombre, caminando hasta su lado donde él había señalado con la gracia de su mano. Por dentro el tumulto de emociones le abordaba el corazón, la culpa de ser tratado como un igual por quién fuera considerado como un mesías de su existir. Varios meses habían pasado ya desde que el hombre fue encontrado como una miseria descarnada en los corruptos bazares de una tierra olvidada, con las costillas sobresalientes, mejillas hundidas y el terrible escozor de las crueles cadenas en la piel. Pero ahora, saludablemente con más carne y libre de los eslabones, lucía con orgullo la perpetuidad de las marcas del acero esclavista en la atezada piel expuesta de su cuello y muñecas, cuales no temía de enseñar, con tal de demostrar la eterna nobleza y generosidad de su gran señor.

Una vez a su lado, inclinó vagamente su cabeza poblada de negros cabellos con trémulo del exceso de la chalina de seda azulada que le coronaba en un sencillo turbante. [c=#003366]“Discúlpeme, no volverá a suceder.”[/c] Afirmó lastimero por su falta de vislumbre de los deseos del rubio y luego escuchó con la misma atención que siempre le dedica a las palabras del varón, palabras de cuales podría inferir la malaventura y la desdicha de un pasado que desconocía; ¿Qué había sucedido antes?, ¿Cuánto dolor soportó?, más lamentó el hecho de no haber estado con él y auxiliarlo en los senderos más oscuros de su grandioso destino, de verlo subir y brillar en la cima de su noble casta, donde en su mente, indudablemente pertenecía. Entonces procedió a dar la respuesta sincera a su inquietud, con un dejo melancólico en el habla. [c=#003366]“Lo intento, Khalil… Pero es difícil, hay costumbres que quizás usted no comparta, pero fueron forjadas en mi carne con la caricia de cuero del látigo y el metal de las cadenas.”[/c] Le seguía a su lado en su desplazamiento, guardando la distancia adecuada para no invadir su espacio personal, mientras tanto su rostro yace cabizbajo, centrado en el camino que recorrían. Pareció ido por unos momentos, entonces alza la frente y tuerce el cuello para darle el rostro a Khalil, a quién le regaló una gran sonrisa, tan feliz y jovial que podría verse el alma de niño salir transfigurada desde las entrañas del espíritu. [c=#003366]“Pero créame que intento lo mejor de mí para superar tal desafío… Solo por la hermosa recompensa de estar junto a usted.”[/c] Podría saborearse el almíbar en su voz, con un cariño sin límites, naciente de la eterna gratitud de haberle salvado la vida.

Guardando unos instantes de silenció volvió el rostro hacia el frente, todavía con la huella frágil de la curva alegre en sus labios cerrados, cual finalmente se extinguiría al abrirlos para dirigirse nuevamente a su majestad.[c=#003366] “Hay mucho que no sé, Khalil… Del reino de Ghaaliya, su cultura, su gente… Y más importante... Usted.”[/c] Ahora con un son más serio. [c=#003366]“Temo que estaría entrometiéndome en asuntos que quizás no sean de mi incumbencia, pero gustaría de que en algún momento me contara sobre su vida.”[/c]

Nuevamente nervioso miró al hombre y alzó las manos, agitándolas lado a lado. [c=#003366]“Digo… No ahora, en público. Y yo-yo… N-no debería exigirle nada a usted, solo si gusta decírmelo… Claro.”[/c] Terminó con una incómoda sonrisa a la vez que una pequeña gota de sudor atribuida a su timidez descendía por su sien, vadeando su mejilla hasta llegar a la frontera de su mandíbula; Realmente el sirviente se sentía intimidado por la majestuosa presencia del príncipe.
 
 
Varios días pasaron, pero Khadimar no podía acostumbrarse al fastuoso palacio del príncipe Khalil.

Ahora un hombre libre que sirve con infinito amor a su salvador, no podía evitar sentir cierta incomodidad ante lo suntuoso, pero determinó que tarde o temprano habría de connaturalizarse con este nuevo mundo y guardarse sus sentimientos de culpa si ha de atender a la majestad como corresponde. Aunque, cuando el rubio le pide acompañarlo en un rutinario paseo por la ciudad, él saltó con energía a la oportunidad de dejar momentáneamente aquel hermoso monumento a su grandeza.

Más tarde se encontraron caminando en medio de los bulliciosos bazares en el corazón comercial de la ciudad, donde pululaban vendedores e baratijas y artesanía, narradores de historias, tragafuegos, encantadores de serpientes, vendedores de caballos kurdos, mercaderes oriundos de más allá de las murallas que ofrecían especias, pieles y abrigos tibetanos, finas lanas de Cachemira, y hermosas telas de Bokhara. Ahí se podían ver las carreras de camellos, los derviches que hacían volar a través de místicos poderes sus alfombras mágicas y las seductoras intérpretes de la danza del vientre, quienes encantaban a la caterva con el ritmo de sus caderas y sus mil misterios. El pelinegro, al haber sido un esclavo de un comerciante antes que su majestad rompiera sus cadenas, parecía más cómodo en estos parajes, familiarizado por su humilde origen, más al ir caminando al lado de su acreedor, tan popular entre la chusma, sintió algo de timidez al ser un objetivo de tantas empalagosas miradas, sonrisas y saludos de desconocidos.

[c=#003366]“Que amado es usted, Khalil.”[/c] Afirmó con una austera sonrisa a su alteza. Entre tanto, él redujo un tanto el paso de su caminar, para quedar tras del hombre y que este pueda brillar como debiera ser, libre de que un simple siervo opacase su gloriosa imagen.
 
 
Los cinco hombres de Dryahall se miraron entre si, murmurando. Odessa observó a la distancia su rostro estaba cubierto por un velo blanco y su cabello celosamente protegido, reservando su identidad por el momento, pues ante el mundo entero, ella había muerto y declararse viva en tierras hostiles no sería inteligente hasta el momento adecuado y preciso.

— [c=#006666]¿Heraldo de los Dioses, dices?[/c] —preguntó otro de los hombres con ironía y un atisbo de sorna, cruzándose de brazos— [c=#006666] Hablas de ella como si se tratara de una Diosa y no veo tal cosa entre éste grupo de bestias nacidas del hielo, vuelve a tus tierras y lleva a tus hombres contigo, aquí no hay nada para ustedes. [/c]

Yitien empuñó su espada enseguida, aquello le encendió la sangre, pero fue la acción de Odessa la que le hizo detenerse, pues la Reina hizo andar al gran oso, abriéndose paso entre las filas de hombres que le resguardaban, fieles a su andar y leales a su determinación. Así, llegó al frente, deteniéndose mucho más cerca de aquellos cinco Dryahallnianos.

— [c=#660033]Estos hombres me han seguido por un largo camino. De no ser por mi ya habrían cortado su lengua por el mero hecho de decir algo así, pero... Mi benevolencia es tal, que no ordenaré algo semejante. Porque el motivo de mi presencia es lejano a cualquier violencia y hostilidad; en mi mano se cierne la voluntad de los Dioses y un decreto que incluso ustedes tendrán que escuchar... Y de no hacerlo, una furia avasalladora se extenderá por todo Dryahall, y lo único que quedará serán cenizas e historias que se desvanecerán con el tiempo. Su Rey debe escucharme. [/c] —habló con firmeza, siempre correcta, con una soltura propia de su raza: Los seres destinados a representar a los Dioses sobre la tierra.

Y sólo entonces los hombres titubearon, murmurando una vez más entre si hasta ser el anciano quien alzó la diestra para dar apertura al habla y poner en alerta a los guardianes de las puertas.

— [c=#006666]Sólo entrará usted y diez de sus hombres, será escoltada hasta el Rey y el resto esperará aquí, afuera.[/c]

Los Ulthorr se inquietaron ¿Cómo era posible tal cosa? Dejar a la Reina a merced de un Reino hostil era inimaginable.

— [c=#660033]Veinte hombres me acompañarán, y el resto esperará aquí. Comprenderá que provocar la ansiedad en mis hombres es poco conveniente para ambos. [/c]

— ¿Es una amenaza? —soltó de pronto otro de los hombres.

— [c=#660033]Es... Una sugerencia, una petición.[/c] —respondió ella en aras de maquillar esa advertencia, incluso sonrió detrás del velo que cubría su identidad.

Y aunque el ambiente se tornó tenso, las puertas de Reino fueron abiertas. Grandes y majestuosas, un Reino erigido entre montañas como refugio natural, tierras donde el hielo ya no azotaba con crueldad como en Iralnor, ricas en minas cobijadas por el sol, dorado en su esplendor por los colores que le nutrían, pilares descomunales que sostenían palacios y construcciones, un templo que se apreciaba colosal y un pueblo pulcro, orgulloso de si. Por ello no era de extrañarse que en su andar las miradas fueran tensas, los murmullos y desconfianza.

Su destino era el palacio real, donde le recibiría Darthio, el Rey en turno, mucho más maduro que ella, un hombre terco, de carácter fuerte y creencias bien cimentadas en su origen como hijo de las tierras besadas por el sol, pero lo que Odessa no sabía, es que justo ahí se encontraría con otro regente de tierras lejanas, quizá el destino le tenía preparado algo más que una posible alianza con Dryahall.

— He aquí nuestro Rey. —anunció un hombre al abrir una puerta tallada en madera, de exquisito diseño y ostentoso adorno.

Odessa asintió y fue sólo Yitien y otro de los Ulthorr quien la acompañó dentro de aquel salón, el resto esperaron afuera, así como las bestias fuera del palacio.

Darthio observó con el mentón en alto el ingreso de la mujer vestida en pieles blancas, oculta tras el velo, y Odessa se detuvo frente a una gran mesa que les separaba, ella lo reconocía, claro, lo había visto en contadas ocasiones años atrás después de todo. Pero a quien no reconocía era a otro hombre a un costado ¿parte del consejo del Rey, quizá?... Miró a ambos y al anciano que le recibió en la entrada, quien se colocó a un costado del Rey enseguida.

— [c=#660033]Agradezco el recibimiento, Rey Darthio... Mi viaje ha sido largo, pero valdrá la pena una vez escuche el mensaje que en mi reposa. Nuevos tiempos se acercan y el nacimiento de una era con ello ¿Está dispuesto a escuchar lo que tengo por decir? [/c] —dijo en calma, tan correcta como debía ser, pero tan firme como lo requería.

Ahí nació el silencio. Yitien estaba inquieta, viendo fijamente al Rey, a la expectativa de su respuesta.
 
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メ Kʜᴀʟɪʟ | Comments (Page 2) | iOrbix
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