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— ¡Jajajaja! Qué agradable. Me verás pronto, te advierto.
 
 
— Quizás no la misma piel, pero la misma sed, la que nos unió al nacer.
 
 
— Somos familia, vamos.
 
 
— Me han hablado de ti.
 
 
El bien y el mal convivían en armonía.

No existía algún ser que solo fuera colmado por una de estas. Para que hubiera luz debía haber oscuridad y viceversa. Ahí donde la cazadora parecía presta a aniquilar a la reencarnada por todo lo que había causado, también lo hacía movida por propios motivos que ningún eterno iría a entender. Todo se resumía en el egoísmo. El mismo que la movió a sacar otro par de dagas del cinto en su pierna. Brillantes. La misma se mantuvo en silencio, hasta que otra voz interrumpió el concierto de gruñidos y miradas de enojo.

—[i]Egeria, ¿le diste en el corazón? [/i]

La voz era calmada y provenía de arriba. Allí, con un par de flechas listas para atacar a la criatura o la reencarnada se personificaba otra mujer. Su vista se mantenía fija en cada movimiento de la bestia, los dedos le picaban por atravesar su cabeza y que así dejara la presa de las cazadoras.

—[i]Sus latidos no podrían ser más fuertes, Isis [/i]—respondió otra voz.

Al lado de Egeria, apareció otra muchacha casi tan menuda como la mismísima Jenna. Sus ojos brillaban y sus orejas eran puntiagudas, indiscutiblemente iguales a las de un lobo: «Cassiopeia es una muchacha capaz de tomar la forma de cualquier animal»—. [i]La ha reclamado como suya [/i]—afirmó la cazadora con paciencia y diversión— [i]y dice que tiene toda una manada por si se te ocurre atravesarle la cabeza, así que deja de apuntarlo. Si queremos romper el ciclo de Caín será mejor dejar que él se encargue y después volver. [/i]

Egeria bufó. Isis sopesó en la quietud sus opciones, finalmente decantándose por algo sencillo: mandarlos hacia donde sería más difícil que algún reencarnado y cómplice de la desmayada diera con ella, en la esperanza de que el sangrado hiciera algo más que debilitarla. Y disparó: una flecha hacia la espalda del lobo. La energía fluyó en la punta del proyectil para envolver al muchacho al mismo tiempo que Cassiopeia gruñía algo parecido a «¿¡Qué haces!?» ofendida porque la otra cazadora estuviera dañando a una bestia tan bonita como aquella. Cuando la energía cubrió cada pelo y garra, el portal succionó al par de desdichados. Un instante estaban ahí y al siguiente habían desaparecido.

—[i]Sin un puñal en el corazón, no podemos romper el círculo, pero las cicatrices servirán como advertencia para los otros condenados. En el mejor de los casos, la hace jirones y tendremos que darle caza cuando vuelva a reencarnar. [/i]

—[i]¿Y esta vez a dónde los has llevado? [/i]—preguntó una muy indignada Cassiopeia mientras que regresaba sus orejas a las comunes y humanas.

—[i]Un bosque. Nuestros territorios suelen ser más difíciles de rastrear por si se les ocurre pedir ayuda. Vámonos, tenemos que decirle a Vedas de lo que ha pasado acá.[/i]

—[i]¿Lo marcaste, Isis?[/i] —solo bastó una mirada hacia en dirección a la cazadora para confirmar sus sospechas.

[center][...][/center]
Los bosques eran un verdadero problema, sí. Pero Jenna no registró aquello, porque cuando el portal los escupió tanto a la reencarnada como a la bestia, ella cayó como un peso muerto entre raíces y maleza. Sobre su pecho, Rose continuaba como un dije plateado y manchado, su azulado tono todavía no terminaba de reponerse. La magia de los portales fluía con la energía de cada reencarnado. Y la energía de Jenna estaba en números negativos, sin duda alguna.
 
 
La primera vez que había sido herida, su portal había decidido actuar llevándola a su apartamento en Bristol y causando que Emilia soltara el grito más histérico de la vida. Las peleas entre Emilia y Johvanna encontraron una especie de tregua ese día cuando Emilia pidió ayuda a la sanadora.

Jenna se preguntó si su portal volvería a actuar cuando la promesa del contrario finalmente se cumpliera y le arrancara hasta la última gota de corrupción. O lo intentara, porque sólo Adam sabía de la manera en que Bane mantenía a raya cualquier intento del demonio por asomarse un rato a la superficie. Aunque en ese momento, la reencarnada era una mezcla de ideas. Estaba la emoción. Los nervios. La expectativa. Y la atención a los detalles como sus garras. ¡Mira que finalmente alcanzaba a ver garras! Brillantes y relucientes. Conforme él se preparaba, la muchacha se reincorporó con lentitud. Lista para ser testigo de las capacidades del muchacho de las cicatrices.

Lo siguiente ocurrió demasiado rápido.

Tanto que ni siquiera actuó con una idea clara de lo que quería, sino de lo que debía. Empezó con la quemazón en su antebrazo, ahí donde la marca de Caín le avisó que no estaban solos. Por eso le había dicho al muchacho que fuera rápido. La cazadora apareció en la entrada de ese callejón, con una sombra que delataba la daga de media luna que sostenía en su izquierda. Esta no perdió tiempo cuando se abalanzó hacia adelante con la vista fija en el desconocido. Las intenciones de empezar con él fueron frustradas cuando la rizada se movió y su mano atrapó la de la cazadora antes de que el puñal de la misma se hundiera en la yugular de alguien que, en realidad, no merecía morir tan pronto.

Creía que lo tenía y que la había detenido. Y pecó de ilusa, porque la mano libre de la cazadora se deslizó hacia su propia cintura de donde sacó otra daga de media luna que terminó hundiéndose en las costillas del lado izquierdo de la reencarnada. La sorpresa salió en un jadeo. Todas sus terminaciones nerviosas aullaron y sus dedos soltaron la otra mano. Supo que había hecho mal cuando el segundo puñal fue a hundirse en su yugular. Jenna se volteó un poco y el dolor llegó a la parte trasera del hombro. Otro jadeo. La muchacha se encorvó en su lugar y solo alcanzó a retirar la daga de su espalda. Esta cayó con un metálico sonido al suelo, ensangrentada y brillante—. [b]¿Qué tal eso para ser una corrupta?[/b] —preguntó al muchacho antes de desmoronarse en el suelo.

Había sucedido en unos instantes. En un momento ella esperaba ansiosa al desconocido y al siguiente estaba en el suelo, con una mano temblorosa deslizándose hacia su dije con la esperanza de querer tocarlo y desaparecer de ahí. Lo patético fue cuando no lo logró y solo dejó un dije en forma de rosa con rastros de sangre. Su mirada se nubló como el inicio de una pérdida de consciencia por la sangre que salía del hombro y la de las costillas formando su propio charco personal de sangre. ¿Ya le había dicho al chico que a las Bellator no le agradaban los hombres? Estaba segura que sí. Lo que no había alcanzado a decirle era que estas se tomaban muy en serio esa aversión y podían matarlos. Que podía matarlo.

Ella había hecho lo posible por retrasar el proceso. Fue lo último que pensó antes de quedar inconsciente.

¡Excelente noche!
 
 
—[b]¡Oye! [/b]—se quejó cuando de una vuelta terminó en el piso. Podría haberse levantado y mantenerse con un porte digno de la muchacha que, se suponía, era. La que tenía muchos ojos encima por resultar ser el recipiente de un demonio, pero la verdad es que se sentía perezosa. Tres saltos alrededor del mapa eran todo un menjurje de sensaciones, sí. Añadiendo a eso que hizo otro y que incluyó a alguien más gastando así doble energía... bueno, sí, se podría decir que el suelo era su mejor apoyo en ese momento. Pero haría falta de algo más para que la callaran, porque Jenna soltó una risa entre dientes—.[b] ¡Que quizás harían buenas migas! Anda, capaz te la presento cuando aparezca a terminar el trabajo de su compañera[/b] —porque claro que Cassiopeia era parte de las cazadoras que querían verla con una flecha entre ceja y ceja. La rizada se encogió de hombros en su lugar—. [b]No tengo la menor idea, pero no parece tan malo, ¿no? La última vez que me desplacé así terminé en medio de unos baños termales y eso sí que fue toda una anécdota[/b] —buenos tiempos, sin duda alguna.

Jenna ladeó el rostro hacia su dirección y asintió con una paciencia poco propia. Eso, que procesara la información y luego sacara sus propias conclusiones. Su sonrisa se mantuvo en su rostro, conforme el muchacho continuaba sacando más y más teorías. Casi podía verlo lanzarse de lleno a una espiral de tormento. La reencarnada juntó las cejas y se encogió de hombros. Ojalá que no fuera una aliada de la corrupción. Ojalá que no estuviera ligada a la destrucción y la contaminación de la tierra. Y ojalá que aquella cazadora no buscara aniquilarla por esas razones. Pero la muchacha era eso y más—. [b]Es precisamente por ello que busca aniquilarme [/b]—afirmó, aún desde el suelo.

Podría decirle tantas cosas. Desde la manera en cómo era imposible cambiar su naturaleza hasta el dolor que le causaba ser la causante de muchas desgracias. Pero no iba a cambiar nada. No lo había hecho por siglos. No iba a hacerlo en ese momento. La resignación se podía evidenciar en cada gesto, en cada palabra, en su manera tan tranquila de hablar, como si ya estuviera completamente de acuerdo con su naturaleza—. [b]Presiento que serán muy buenos amigos, aunque a las Bellator no les gustan los hombres[/b] —ella, dándole consejos al muchacho para que se llevara mejor con el enemigo de cada eterno. Pues cómo no.

Y luego le tocó enarcar una ceja, desde su lugar—. [b]Este suelo está muy cómodo y mis cortas piernas van a necesitar un descanso si quieres que vayan de caza[/b] —cerró los ojos, firme con su posición de quedarse allí—. [b]Anda, hazlo rápido. Esa uña se ve afilada, te servirá para cortar en mi cuello. Si tú no lo haces, llegará la cazadora y te ganará el honor de matarme[/b] —lo sospechaba. Sospechaba que la cazadora iba a llegar en unos minutos, escupiendo fuego por la boca y las orejas, lista para hacer cumplir la voluntad de Goleo Beenban. Cómo odiaba a esas cazadoras. O sea, le parecía alucinante lo que podían hacer... hasta que recordaba que todo eso era para poder matar a cada reencarnado, ahí era cuando la cosa dejaba de ser divertida. La rizada suspiró:— [b]O si no quieres mancharte las garras, puedes ir con mis piernas. Definitivamente ralentizará mis movimientos cuando intente escapar de nuevo. [/b]
 
 
No era que se creyera suertuda. Jenna tenía la creencia que era capaz de amoldar cualquier situación a su favor, ya que no todo llegaba como un regalo del cielo. Así que construía su propio camino, airosa. De esa manera había sujetado al contrario para que la acompañara y fuera su cubierta, de esa manera había pateado al barista para que se le complicaran las cosas a la guerrera, por eso ahora estaba ahí, sintiendo cómo su muñeca era liberada. Las marcas violáceas sobre la piel no iban a tardar mucho en aparecer como un bonito recuerdo de lo que estaba sucediendo ahí. Jenna sonrió, agradecida de que pudiera tener las dos manos libres.

Aunque ella continuara encima de él. Todo muy injusto. Quizás ya era momento de levantarse, aunque sospechaba que si realizaba cualquier movimiento, ese puño iría a caer en su cara y aunque los moretones en la cara tenían un cierto encanto, este se perdía en el momento en que Emilia decidía reñirla por estos, porque «qué iría a decirle Zhar cuando la viera así» mientras que se lo cubría con maquillaje. Tortuoso y fastidioso proceso, sinceramente:— [b]Cassiopeia es una muchacha capaz de tomar la forma de cualquier animal[/b] —respondió con naturalidad como si le estuviera diciendo la hora y no una habilidad bastante extraordinaria.

La reencarnada ladeó el rostro aún con esa pequeña sonrisa en el rostro y asintió con la cabeza. Aquello era mejor de quienes se rehusaban a escucharla y preferían buscar a alguien más que se encargara de ella—. [b]Respira, que no me voy a ir a ningún lado[/b] —consoló la muchacha mientras que el tropel de preguntas llegaba. ¡Por supuesto que no se iba a ir! ¡Quería ver esos caminos en acción! Quizás no con su propio cuerpo, pero quizás podría encontrar algo por allí para medir la fuerza de estos. De paso, esos ojos. Brillantes y dorados, de colección. Lo más seguro era que sería él quien terminara yéndose primero—. [b]Soy una reencarnada[/b] —aburrido, siguiente—, [b]porque eres grande y una buena cubierta[/b] —obvio, siguiente—, [b]no es un poder sino un portal [/b]—esto sí era interesante. Con un ademán le señaló el dije sobre su clavícula.

Un dije en forma de rosa colgaba de la cadena. Plateada y brillante, pero inútil en ese momento, solo que eso no tenía por qué saberlo él—. [b]Esto es lo que [i]utilizamos[/i] para movernos a donde queramos y como no quería que un barista de dos metros me rompiera la cabeza o una guerrera me hundiera un puñal en la yugular decidí utilizarlo [/b]—relajó su mano del puño y lo señaló con el índice—; [b]sin embargo, si tienes ganas de volver y enfrentarte a todo eso, solo dime y lo arreglamos. De hecho, te arrastré para que no tuvieras que enfrentarte a lo mismo, pero uno nunca sabe de qué disfruta cada uno [/b]—le fue imposible no picar una vez más. Podría haberse quedado callada, pero no. Por supuesto que no.
 
 
Normalmente las recriminaciones llegaban en gritos, dedos apuntados en su dirección y promesas de que llamarían a las autoridades. [i]Normalmente[/i].

Sin embargo, aquello era todo un cambio. Y Jenna era capaz de vender un pedazo de su alma por un cambio en toda su (ya) larga vida. Debería estar revolcándose. Debería estar forcejeando y escapándose de ese agarre que amenazaba con cortar la circulación de su diestra. Pero ella estaba más interesada en los caninos. En los irises amarillos, en todo lo que gritaba peligro en ese preciso instante. Su risa se quedó congelada en una sonrisa mientras que lo observaba. Jenna enarcó una ceja—. [b]¿En qué momento dije que lo era? [/b]—habría que verla aún picando, habría que verla aún divertida cuando claramente sus opciones no eran las más favorables.

Total, ella podría ser una reencarnada, pero esto no la dotaba de una fuerza sobrenatural. Ella quisiera, pero desgraciadamente lo único que le había ofrecido morir y vivir en un círculo vicioso se reducía a ser un recipiente para algo mucho más grande.

Jenna desvió la mirada hacia la mano que sujetaba su muñeca, deseosa de observar garras. Su capacidad por encontrar los problemas era increíble. Donde el contrario era enojo y un peligro a punto de explotar, Jenna era la chispa de fuego que necesitaba para detonarse. La rizada evaluó sus opciones, lo que podía hacer y también no. Por ejemplo, no estaba dispuesta a forcejear en ese lugar y quedar como una estúpida. Relajó la diestra y su izquierda se encerró en un puño, no para propinar un puñetazo, sino más bien para encerrar a sus dedos y contenerlos del instinto de pasarlos por el largo de los caninos. Que aún tenía en sus planes volver a casa en una pieza y eso incluía los cinco dedos de cada mano—.[b] ¿Sabes? Puedo decir lo mismo de ti, a la única que he visto con la capacidad de adoptar estos [/b]—señaló con su mirada sus caninos— [b]rasgos es a Cassiopeia [/b]—se encogió de hombros en su lugar.

Relajada y como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—[b]¿No te va a parecer muy fácil? [/b]—aventuró a preguntar con una pizca de curiosidad—. [b]Quiero decir, tú y yo sabemos que solo necesitarás un par de mordidas y ya tendrás todos mis intestinos esparcidos por acá [/b]—hablar de escenarios como aquellos era sencillo cuando morías constantemente en estos. Su gesto finalmente se endureció, quizás porque el solo recordatorio de sus muertes no era el mejor sabor en el paladar—, [b]ahórrate el problema o hazlo de una nueva vez [/b]—cada nacido bajo la constelación de Samael era así: imprudente e impulsivo. Pero ella tenía al mismo demonio dentro, así que... esas características venían multiplicadas. Peligrosamente multiplicadas.

Calculó que entre el par de mordidas que fuera a darle tendría una posibilidad a propinar un corte o dos. La muchacha aguardó, lista para cualquier resultado.
 
 
—[b]Ese no es mi jefe[/b] —respondió mientras que deslizaba su brazo por el contrario de tal manera que su figura pudiera cubrirla en totalidad. Esa debió ser la primera señal para el muchacho, la verdad. La señal de salir huyendo de ella. ¿Y Bane? Pues... ¡Saltando en un pie se encontraba! Qué bueno que el tipo fuera tan alto, nada malo iba a pasar. Llegarían a la salida y después caminarían un poco más. Quizás un par de minutos. Luego desaparecería en la noche y volvería en una pieza a su apartamento en Bristol. Burlando a la muerte un día más.

Sin embargo, la vida estaba llena de imprevistos.

Como por ejemplo el barista dándose cuenta que había una cerveza sin finalizar y un capullo escapándose —porque no podía verse como algo más que aquello— del bar. Sin pagar. El grito en su dirección fue bastante claro. Lo suficiente para que varios ebrios voltearan cuando el hombre señalaba con un dedo al muchacho y Jenna observaba cómo todo su plan se desmoronaba en muchos pedacitos:—[i] ¿QUÉ SE SUPONE QUE ESTÁS HACIENDO? [/i]—reconoció ella entre las maldiciones y el dedo índice firmemente apuntado en su dirección.

Jenna volteó hacia la guerrera. Y el duelo de miradas fue inminente—.[b] Maldita sea... [/b]—maldijo con una genuina molestia y poco dispuesta a no utilizar lo que todavía tenía a la mano, intercambió miradas entre la guerrera que empezaba a empujar a los ebrios de su camino y el gigantesco barista —juraba que era más alto de su compañía. Su cabeza y su cuerpo actuaron en sinfonía cuando se abalanzó hacia adelante y le propinó una patada al barista que, con la sorpresa del momento, se irguió en su lugar, retrocediendo por el desequilibrio y casi aplastando con su figura a la guerrera que irremediablemente se detuvo por la nueva barrera. Jenna se mantuvo en su lugar por un instante, con la respiración agitada y al siguiente ya estaba corriendo, sujetando al muchacho pinta-de-matón fuera de ahí:—[b] ¡No te quedes atrás! [/b]—tuvo, ¡todavía!, la osadía de animarlo a salir de ahí como si se tratara de un prófugo.

Y luego se preguntaba por qué cada vez que se juntaba con alguien salían dos perjudicados.

Con las recriminaciones del ajeno ya en cola, como pasaba cada vez que metía a alguien en problemas, Jenna decidió que primero era necesario huir de ahí. Un vistazo a su portal. El dije azul continuaba gris en su mayoría, no iba a poder mandarla hacia otro continente de un salto, pero quizás si separarlos un par de kilómetros fuera de ahí. Sin pedir permiso, su agarre en el brazo del ajeno se transformó a un abrazo alrededor de su cintura y con un débil brillo, el dije en su clavícula actuó y tragó al par en un portal que, sin mucha ceremonia, un par de segundos después los escupió en un callejón oscuro. Jenna respiraba agitada encima de él y los jadeos se cambiaron a risas pasados unos segundos—. [b]¡Qué cosas![/b] —alucinó la rizada— [b]Oye, oye, ¿estás bien?[/b] —seguro que estaba perfectísimo, Jenna. Seguro que sí, porque claro que cualquier mortal podía aguantar un viaje en portal sin que las entrañas se le revolvieran. Imprudente. Desconsiderada.
 
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Mako ᴬʰʳᵒᵘᶰ | Comments | iOrbix
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