iOrbix
Email
Password
Comments
 
Send Comment
1-8 of 8
1
 
Mucho más que intimidarse por un palo de madera siendo apuntado en su dirección, Jenna se quedó atónita al ver cómo esa desconocida tomaba a Dantalion como si se tratara de una creación de Dios cuando era totalmente lo contrario. ¿Sería que ese demonio le había chupado el cerebro y ahora la tenía bajo su control? Por Samael, qué horror. Tenía que cuidarse de chupadas de cabeza, sin duda alguna. Su ceño fruncido y su mirada asesina fueron hacia la lagartija que, aún en cuatro patas, la observaba. Bane juró que incluso le sonrió. ¿Que cómo sonreía una lagartija? Simplemente lo hacía y tú te dabas cuenta. Ella lo estaba haciendo conforme su agarre en el mango de su arma se acentuaba. Los nudillos se volvieron blancos y de sus labios casi, ¡pero casi!, salió un gruñido. Finalmente, su mirada azul viajó hacia la intrusa.

Rubia, piel de porcelana, alta y toda la apariencia de un bonito angelito. De esos que te frustraban los planes como abrir en dos a una lagartija en venganza a unas botas hechas mierda. Jenna colocó los ojos en blanco. La rizada tenía todo un repertorio de impresiones. Desde las que debía utilizar en la Asociación Alois para demostrar al resto de la sociedad de reencarnados que no era un caso perdido hasta la genuina alegría y entusiasmo con los cuales recibía a sus amigos a sus brazos. Pero, entre esos dos extremos, habían diferentes escalas de grises—[b]. ¿«Empezaría»?[/b] —como por ejemplo ese: Jenna enarcando una ceja conforme evaluaba la audacia de aquella de hablarle así. La reencarnada negó lentamente con la cabeza conforme reunía la misma audacia de la contraria para apuntar con el arma hacia la lagartija, la cual retrocedió en un gesto falso de temor. ¡Había sido testigo de Dantalion lanzándole el Libro de los Muertos a Salias en toda la cara!

Ni ella se osaba a ser tan desgraciada:— [b]Vamos a hacer algo acá, bonita. Tú no vas a decirme qué hacer y yo voy a arreglar mis asuntos con esa pequeña bestia de cuatro patas. No pintas, literalmente, nada entre esa lagartija y yo. Es más, si fuera tú me alejaría de ese capullo escamoso, todo lo que atrae son problemas [/b]—con consejito y todo.

Jenna esperó que eso funcionara y la rubia bonita que, ojalá, no tuviera una pizca de la insoportable de Johvanna Holmes se retirara de escena; sin embargo, Dantalion decidió jugar sus cartas una vez más cuando dio un salto del alfeizar hacia el brazo de la rubia—. [b]Dantalion... [/b]—empezó la rizada en un tono de advertencia, pero la lagartija continuó con su camino hasta que llegó al cuello de la desconocida, refugiándose allí y causando en la reencarnada unas terribles náuseas de tan solo imaginar esas mismas patitas caminando por su piel. Un verdadero asco.

Los ojos reptiles del demonio se clavaron en ella y cuando le sacó la lengua, Jenna liberó una mano del arma para señalarlo con este:— [b]Estúpida bestia inmunda de los mil demonios [/b]—maldijo la eterna antes de bajar el arma, poco dispuesta a cercenar la cabeza de una desconocida solo porque tuviera al bicho ahí refugiado. Con un golpecito de la punta inferior del arma hacia el suelo, este se envolvió en un resplandor que acabó en su dedo meñique de la diestra con la forma humilde de un bonito anillo. Dantalion volvió a sonreír y Jenna lo fulminó con la mirada. Fueron unos bonitos segundos llenos de tensión. Estos acabaron cuando la rizada soltó una exhalación que tenía bastante de resignación y muy poco de conformidad. Levantó las palmas mostrándolas a ambos costados —conteniendo el claro y natural impulso de sacudirlas cuales [i]jazz hands[/i], porque: chica de cultura— y observó de nuevo a la rubia pinta-de-ángel:— [b]La primera regla de las amenazas: no pides nombres, porque eso te involucra más en el crimen[/b] —la experiencia hablaba—. [b]No sé qué es lo que es una varita, pero si te refieres a mi arma, está segura y resplandeciente, lista para recibir a esa lagartija que sigue contigo, ¿sabías que tiene una dueña, chica? [/b]—hasta podría inventarse que la dueña estaba desconsolada, a nada de colgarse y toda una serie de escenarios dramáticos, pero la sola alusión a Sabriel hacia que Dantalion se removiera incómodo.

Como si él también fuera consciente que si Sabriel se enteraba de todo eso haría algo más que ahogarlo en el Río Lete. O al menos eso esperaba Jenna.
 
 
[b]───── Yo no sé dónde estoy, solo persigo a una lagartija; noche. [/b]

Empezó con querer utilizar sus botas esa noche. De esas que eran todo terreno y que la habían acompañado en incontables aventuras. Siguió con ella buscándolas de manera animada por todo su desastre que era mejor conocido como habitación. Luego se hizo una parada en ella entrando a la habitación de Emilia solo para preguntarle si había visto las condenadas botas. La pelirroja no estaba de humor, o disposición, para atenderla. Eso sucedía cada vez que le tocaba cuidar a Dantalion porque, de pronto, la lagartija de Sabriel había pasado de ser su hijo reptil a la responsabilidad de todos. Era como pasarse la pelota de a quién le tocaría soportar unas horas con el bicho mientras que la nigromante se encargaba de limpiar el Inframundo o estaba en alguna misión importante. Salias había demostrado su utilidad cuando decidió devolver al demonio a su casa solo para que su melliza lo detuviera, porque no podían devolverlo a menos que quisieran desatar una especie de guerra entre todos los demonios allá abajo.

Jenna, la verdad, había apoyado la idea. Mas allá del tema de desatar una especie de desequilibrio en el Inframundo, lo único que ella buscaba era deshacerse de la lagartija de una vez por todas sin mancharse las manos en el proceso. Siempre tan conveniente.

Como fuera, ese día Emilia no estaba de humor. Jenna no encontraba sus botas. Y Dantalion estaba en el sofá, viendo un show de talentos en la televisión mientras que aliviaba la comezón de sus colmillitos con las mordidas a un pedazo de cuero que se trataba de nada más y nada menos que las dichosas botas de Bane. Ella pasó frente a la lagartija con rapidez, intentando ignorarlo lo máximo posible. Solo para detenerse unos pasos más tarde y voltear en una tortuosa lentitud hacia el bicho escamado que continuaba distraído con uno de los competidores en esa televisión. El silencio se sumió por parte de la rulosa que, con esa naturaleza dramática, empezó a dar pasos de retroceso hacia el bicho. Su mirada estaba pegada a las botas. Sus dedos empezaron a cerrarse sobre sus palmas y cuando la reencarnada arrebató una bota de las diminutas manos de Dantalion, solo tuvo que ver el desgaste de la punta para confirmar que se trataban de sus botas.

Lo siguiente se redujo a un borrón en su cabeza.

En ese borrón se incluían sus gritos, los gritos de Dantalion, las reclamaciones de Emilia, el destello de la hoja de su guadaña y, posiblemente, una televisión partida en dos. Un conjunto de acciones que se fueron hacia un segundo plano de desinterés, porque todo lo que vio Bane registró fue a la lagartija utilizar su diminuto tamaño para evitar los cortes que ella lanzaba. Después lo vio utilizar esas cuatro diminutas patas para emprender una carrera. Emilia gritó que se detuviera, pero ni el uno ni la otra la escucharon antes de que la muchacha saliera disparada detrás del bicho que Sabriel ya podía dar por muerto. Sintió un tirón en el estómago, las náuseas subiendo por la boca de su estómago y una inusual ligereza. Todo en un lapso de dos pestañeos que pateó a un tercer plano de interés cuando su atención volvió a enfocar a Dantalion que corría como alma que llevara el diablo.

—[b]¡TE VOY A ARRANCAR ESCAMA POR ESCAMA Y ME HARÉ UNAS BOTAS NUEVAS CON ESTAS! [/b]—vociferó haciéndole una digna competencia a una banshee graduada con honores de la escuela de gritos.

¿Que si había reparado en que no se encontraba en su departamento en Bristol? Ni por asomo. ¿Que si se dio cuenta de que sus pies descalzos ya no se deslizaban sobre la alfombra del pasillo sino que ahora registraban una gélida sensación por la piedra debajo de estos? Tampoco. ¿Que si Dantalion estaba cada vez más cerca de que lo alcanzara y lo abriera en dos como una rana en un aburrido experimento de ciencia? Eso claro que se dio cuenta. Sintió la gloria en la punta de sus dedos los cuales asieron, con emoción y expectativa, con más fuerza el mango de su arma. Sin embargo, si creía que en esa ecuación era la única que tenía la solución estaba equivocada. Por algo Dantalion continuaba vivo hasta la fecha.

Solo cuando Jenna levantó la mirada, reconoció hacia dónde se dirigía el demonio. Apenas tuvo tiempo para fruncir el ceño, en una mezcla de molestia y confusión. Ella era buena recordando rostros. Excepto los que nunca había visto, como por ejemplo el de la rubia a la cual, el demonio, encerrado en esa forma humilde de lagartija, llegó para empezar a subir por su pierna.
 
 
Todo sucedió tan rápido como en las peleas a las que el viejo solía enviarlos para "salvar al mundo", con excepción de que esta vez Cinco no estaba en completo control de sus poderes como para ser el héroe del lugar. Un hombre con máscara apuntó a otro y lo derrotó tras un destello de luz, era lo más tonto que Cinco había visto en su vida... ¿Dónde estaba la sangre y los golpes?, ¿eran esos super poderes? Casi se lamentó por Ben, quien tenía que pasar por un baño de carmín al usar su transformación; tal vez podría conseguirle una de esas varas antes de volver a intentar saltar en el tiempo, como un souvenir curioso. Claro, eso si salía con vida.

Fue inesperado, el hombre enmascarado lo vio de reojo y decidió atacar, pero antes de que siquiera pudiese reaccionar una extraña y transparente pared apareció de la nada para repelerlo e, inmediatamente después, una chica extraña comenzó a jalarlo del brazo. El primer instinto de Cinco fue usar su conocimiento en pelea cuerpo a cuerpo para hacerla girar por los aires y deshacerse de su agarre, sin embargo, tuvo que admitir que con la falta de conocimiento del lugar no le vendría mal una especie de guía y ella lo había ayudado; podría prescindir de su instinto de arrancarle la mano por tocarlo sin permiso por esta vez. Tras correr con ella y resguardarse en la oscuridad de un callejón empezó el cuestionamiento inútil de cosas que, por supuesto, él desconocía. ¿Traslador?, ella debía pensar que él pertenecía a ese lugar y explicar su condición y el error no parecía ser algo que le conviniera del todo. Mientras menos comentara, menos alteraría el futuro... ¿o el pasado?

—Sí... Lo perdí. En realidad, estoy bastante confundido. Creo que me di un golpe fuerte en la cabeza, ¿qué sucede? —actuar como tonto, la mejor estrategia para salirse por la tangente sin dar explicaciones claras que no se tienen. Cinco parpadeó un par de veces seguidas para seguir la parafernalia e incluso se llevó la mano hasta la frente con una expresión de dolor. ¿Sería eso suficiente para engañarla? Antes de recibir una respuesta a su duda el estruendo de una explosión hizo sacudir el suelo y el edificio que lo resguardaba se resquebrajó, advirtiendo así su pronta caída. Cinco bufó y miró a la chica a la espera de que se moviera porque si no lo hacía, bueno, él nunca había tenido problemas en salir de esos desastres sin testigos para comentar lo que vieron en él.
 
 
Aún tenía 13 años y aún estaba varado en el apocalipsis pero, pese a esas cosas tan ciertas en su mente, no tenía idea de cuántos minutos habían pasado ya desde que contemplaba las tumbas improvisadas que había hecho para cuatro de sus hermanos: Klaus, Luther, Diego y Allisson; Cuatro, Uno, Dos y Tres. En vano intentó dar con el cadáver de Vanya y eso, sumado a la idea de que era el único humano vivo en el planeta, lo había desbaratado a niveles que a su corta edad no debía de haber vivido, sin embargo, ¿qué de todas las cosas que habían pasado en su vida era sana realmente?

—Ni siquiera tengo otra pista, maldición —habló al aire, pese a parecer que se dirigía a las tumbas de sus hermanos. En el bolsillo derecho de su saco descansaba la prótesis de ojo que Luther sostenía en la mano aún después de muerto; el objeto, redondo y vidrioso, pesaba más que cualquier cosa, como si se hubiera absorbido el sentimiento de culpa que el chico experimentaba. Un momento de rebeldía, solamente eso le costó no poder regresar jamás.

Se aclaró la garganta en aras de deshacer el nudo que empezaba a crearse ahí y volvió a ponerse de pie, esta vez más decidido a ir hasta las últimas consecuencias para regresar. Pasaría por encima del miedo a lo desconocido —sensación que le quedó grabada a fuego en la mente una vez terminó en ese lugar— y estaría en casa para cenar. Se disculparía con su padre, les hablaría sobre lo que vio y haría todo lo necesario para evitar que el futuro acabara así. Que ellos acabaran así.

Sus manos acusaron una luz azul que fue apoderándose de ellas mientras más forzaba su don, estas también temblaban, cual si intentarán abrir una puerta tremenda mente pesada. Cinco respiró profundo y dio un último vistazo a los montículos de tierra, obligándose a ir más y más lejos, hasta que los huesos le dolieron y el vértigo se apoderó de él. De pronto un portal se abrió debajo de sus pies y lo tragó como una bestia hambrienta engulle a su presa, sin siquiera masticarla por las prisas; él gritó y lo último que vio fue el cielo anaranjado y la luna rota en el firmamento.

El asfalto lo recibió y el polvo se alzó para danzar a su alrededor, pero eso no fue todo pues una luz verdosa le pasó a centímetros de la cabeza. Con rapidez, Hargreeves giró a su costado y se levantó para empezar a correr, por suerte alguien más atacó a ese otro que lo había intentado matar y… Sí, había visto bien, eran lucecitas extrañas salidas de un pedazo de madera. ¿A dónde demonios había ido a parar ahora?
—Mierda… No, no otra vez.
 
 
Regulus rodó los ojos, aunque no pudo evitar elevar levemente sus comisuras ante tal comentario; sabía que Emma no hablaba desde un ego inflado que no poseía, así que, como broma, era buena. Mientras la rubia hacía toda aquella parafernalia para acomodarse a un lado suyo, Regulus empezó a sacudir levemente sus manos, como si se quitara de los dedos algún tipo de polvo imaginario; necesitaba dejar ir la sensación del papel entre sus dedos y sacar las imágenes de su cabeza. Al fin había acabado la atadura al recuerdo, era hijo único y -pensó- ya no habría de inmutarse ni un poco si veía a Sirius por los pasillos. Ya no eran hermanos.

Tomó el dulce que ella le ofrecía sin siquiera agradecer y dejó caer su espalda en el asiento antes de meterse la varita a la boca para degustar su sabor. —¿Las grandes mentes? Creo que, más bien, lo que tenemos en común es la presión de la vida —Regulus pretendía que aquello fuese un chiste, pero era tan real que terminó por sentirse asfixiado más que liberado. Mordisqueó entonces el dulce antes de empujar a Emma con el brazo, molestandola un poco. —Deberías volver a la cama, la capitana del equipo debe estar descansada para poder gritarnos, como siempre, por la mañana.
 
 
[i]¿Un favor?"[/i] Por un momento estuvo a punto de negarse con cierto dramatismo, cerrando el libro de pociones de sexto grado de un golpe. Pero la curiosidad era grande y más al ver el pedazo de papel que la chica sacaba del bolsillo y extendía sobre la mesa para la vista de Snape.

No requirió de mayor explicación. Apenas vio los primeros dos ingredientes enlistados, supo que era para una poción regenerativa y lo asoció entonces con el vendaje que audazmente había escondido la chica dentro de la manga de la túnica tras su mirada inquisidora al verla llegar.

Con una expresión perezosa, alzó la vista a Emma, pero sonreía de lado con cierta malicia. Le gustaban las situaciones ventajosas.

—Admito... —Retiró la mano de la pasta rígida del libro, para enlazar los dedos con la otra, optando una posición un tanto formal, más de la que normalmente solía adoptar cuando requería de extrema seriedad. La mirada penetrante del pelinegro, se clavó en los de Emma antes de continuar.—... Que me encantaría ver a Potter morder el polvo, sin embargo, no me contento con algo tan... Infantil. Así que estoy abierto a negociar otro... —Miró a la joven de arriba a abajo. —...Tipo de pago.
 
 
-Alzó la vista perezosamente, con remarcada molestia tras ser interrumpido en su lectura por la voz de la estrella de Quiditch de su casa. Entornó los ojos con desconfianza, pues ¿Cuándo había sido la última vez que la misma Emma Vanity se había sentido motivada a dirigirle la palabra en todos esos años?

De cualquier modo no hizo ningún ruido, ni el mínimo gesto aparte del de la indiferencia que mostraba Severus Snape al cerrar el viejo y rayonado libro de pociones que perteneció a su madre y lo colocó por encima del resto de libros viejos y pergaminos con más anotaciones, tras haber analizado la posibilidad de mejorar algunas de sus técnicas durante la clase de Slughorn.

—Emma... Vanity —La miró de arriba a abajo con lentitud. Siempre fue analítico, observador. De primera instancia notó la túnica impecable de su compañera, por lo que asumió que acabaría de cambiarse de ropa. El cabello prolijo y brillante, que aunque no era muy llamativo, lucía suave y bien cuidado. Luego, las manos sobre la mesa y la pequeña venda que envolvía su muñeca.

Gruñó internamente. Era demasiado bueno para ser verdad, pero una realidad en la vida cotidiana de Severus. Se irguió y con su característica voz, clavó los negros ojos en los de la chica.

—Buenas tardes —Lanzó una breve cabezada a su muñeca —¿Lo son? —
 
 
Otro año en Hogwarts que Regulus pasaba sin poder ver a la cara a su hermano mayor. Sirius se había marchado de casa después de una tremenda pelea con Walburga y, sin decir adiós, se había refugiado con los Potter; el menor de los Black supo que esa vez las cosas no iban a arreglarse porque el retrato de Sirius yacía quemado sobre el papel tapiz desde el día uno de su partida, y una vez que alguien era sacado del árbol genealógico se le consideraba un traidor de manera oficial. Los Black no se caracterizaban por ser benevolentes o por dar segundas oportunidades.

Mientras las llamas ardían y danzaba frente a su vista, Regulus tiraba al fuego aquellas fotos que se había guardado en el baúl antes del inicio del ciclo; tontamente Arcturus confío en que podría lograr volver a hablar con el mayor y hacerlo recapacitar para volver a afianzar los lazos entre los hermanos, craso error, Sirius no había permitido ningún acercamiento, al contrario, solamente había afirmado una y otra vez que James Potter era su hermano del alma y sus progenitores su verdadera familia. ¡Todo había sido culpa del estúpido Potter y de Gryffindor! Si Sirius hubiera sido colocado en Slytherin la vida les habría sabido distinta a ambos. Ahora Regulus estaba solo y con el peso de las expectativas de sus padres en lo hombros. ¿No podía el chico de dieciséis años tener un respiro de la vida?

Lanzó con cierto desdén la última de las fotos y se removió en el asiento mientras la veía arder, tan ensimismado estaba en la imagen frente a él que no notó la sombra de la figura femenina, sino hasta que escuchó directamente la voz que solía gritarle en las prácticas, y dio un respingo por la sorpresa.

—Por Merlín... ¿No puedes presentarte frente a mí como una persona normal? —Dijo con el ceño fruncido, dándose media vuelta en su asiento para poder ver mejor a Emma. —¿Qué haces fuera de la cama?

No se molestó en responder a las palabras dichas por ella pues su intención era saber si había logrado ver lo que estuvo haciendo en realidad. No era propio de un Slytherin, y menos de un Black, mostrar algún tipo de debilidad o vínculo afectivo; menos frente a ellos a los que se les tenía respeto. Y Regulus respetaba a Emma, a su manera.
 
1-8 of 8
1
Emma Vanity | Comments | iOrbix
JavaScript is disabled on your browser.
iOrbix won't work properly if your browser doesn't have JavaScript enabled.
Please enable JavaScript, or alternatively, access iOrbix Mobile.