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Prestos fueron sus oídos que con atención se conservaron, no sólo los de Alto Rey; también los de su aguerrida escolta singular. La sonrisa sagaz se le manifestó en los labios del señor de los [i]Kánalðarianos[/i] con mayor evidencia al ver que su conjetura no había sido errada. Aquél conocía muchos más hogares que el suyo, fraternizó de primera mano con deidades griegas y de otras culturas ajenas a los escandinavos; el aquél llamado como rey de los Mares y los océanos no era una excepción. El varón de temple inflamable que les acaudillaba, dirigió la mirada a su séquito, con aquéllos ojos azules, más oscuros y más azules que ningún ojo humano, ardiendo como hielo mágico, y éstos respondieron intercambiando mirar, una vez que se les preguntó sobre sus tierras; pueblo de dioses.

El encorvado viejo Olav crispó los puños, hijo de Gaulag, aquél que se consideraba más resistente de temple que ningún hombre y más intrépido, parecía ser objeto de burla de la mujer foránea. Se acarició las barbas una vez que fue llamado Gnomo, ganas de esgrimir su hacha no le faltaban, más al oír esas palabras sus ojos relampaguearon, riendo de forma amarga.
   —[b][c=#802D2D]Veo que la gracia es parte de los atributos de ésta mujer ardilla. [/c][/b]—replicó Olav con el ceño fruncido y entre dientes, pues los cabellos de fuego le recordaron a aquéllos roedores. El rostro de Igor se le iluminó con una sonrisa en deje de burla tras aquél intercambio de ofensas sutiles, y [i]Rázaðor[/i] sólo dedicó una mirada furtiva pero a los tres pero llena de agudeza. Y entonces, suspiró con pesadez, antes de irrumpir con sus palabras en ambiente “hostil”, comenzando a narrar la historia de su reino:
   —[b]Kánalðar, es un reino erigido entre tres tribus de hombres Ásatrú quienes se le fueron otorgadas ricas recompensas por los dioses. [/b]—pausó, observando el rostro de la fémina antes de seguir; respondiéndole dócilmente desde su susurrada voz, meciéndose las barbas con la diestra —. [b]Cruzaron el Mar que separa la brecha entre los mundos, hasta llegar donde alguna vez existió Ásgarð. Allí, se les hizo tierras para que pudiesen vivir en ella, obtuvieron sabiduría, poder y una vida más larga que ningún otro mortal.[/b] —la columna de humo de aquélla pira crepitante, se extendió hacia los cielos donde la gélida brisa le meció hasta la copa de los más altos e imponentes robles—, [b]Se les llamó Kánalðarianos, pues son amigos y aliados de los Æsir; mi estirpe[/b]. —los brillantes cabellos lacios y dorados, se le escurrían sobre la faz, mientras su gruesa pero espléndida capa de marta cibelina, suave y negra como el carbón, se agitaba con él por el frío soplo que se colaba entre los viejos árboles revestidos en cellisca por aquél frío vivificante. Prosiguió—. [b]Provisiones tenemos, y los lagos invernales son traicioneros. [/b]—afirmó y ordenó a Igor con un gesto en su mirar, que le brindase algo de pan; mantequilla, miel, beicon para la fogata e inclusive queso. A lo cual, sin titubear acató, dirigiéndose hasta las provisiones de invierno para luego brindarle—. [b]Sin embargo, pensamos irnos de aquí, hay un pueblo cerca y podrías acompañarnos.[/b] —mencionó, procediendo a invitarle—. [b]La noche es larga, y los peligros en las entrañas de este bosque no deberían subestimarse. [/b]
 
 
El aire esgrimía el frío sempiterno del invierno crudo que le arrebujaba después de una noche de plenilunio. Por ello, Igor; el mancebo y novicio de aquélla pequeña fracción de hombres, con la premura de sus pasos dirigióse; cargando los tizones colectados en sus brazos, hasta la gran hoguera, que ardía débilmente en la bruma con el pasar de los segundos y le arrojó la abundante leña que enardeció la pira, hasta escucharse el crepitar de los raídos y longevos maderos del pálido bosque como lirio por la cellisca, que estallaron al instante llamaradas
   —[b][c=#802D2D]¡Bien, bien![/c][/b] —crispado refunfuñó Olav, de quien su ronca voz gruñona resonó en una risa amarga—, [b][c=#802D2D]No me quedaré parado, cagándome de frío por no convivir con una forastera advenediza. [/c][/b]—los ojos le dejaron de relampaguear, mostrándose aun ceñudo pero asequible. Sacó un puñal para tajar las pocas ramas y malezas secas que pudo hallar, a grandes pasos estrechó la distancia con la fémina de bermejos cabellos, tomando asiento alrededor de la misma; en el costado siniestro, frotando sus robustas manos aguerridas entre sí, antes de extenderlas al cálido confort que ofrecía la pira.
   —[c=#2D8080][b]¿Humanos, ha dicho?[/b][/c] —replicó Igor—, [c=#2D8080][b]Oh, nono. Miladi. Me temo que no somos humanos. [/b][/c]—prosiguió, inclinado sobre la hoguera y arrojando aun los fragmentos, mientras la humareda le envolvía la delgada silueta y le ensombrecía el rostro—, [b][c=#2D8080]Somos Kánalðarianos.[/c][/b] —le sonrió con nobleza, aunque febril y de palabras azogadas por el titubeo—, [b][c=#2D8080]Bueno. Al menos… el viejo y yo. Hehe. Él es nuestro Rey, por cierto.[/c][/b] —aquél mozo levantó la cabeza y dubitativo miró a Rázaðor a los ojos, quien le regresó una mirada compadecida aunque sesgada; en párpados entrecerrados, y el esbozo de la sonrisa ladina que tanto le caracterizó, contemplando sus propios pensamientos en silencio. Después de todo, a diferencia de ambos, Kánalðar no era su cuna, su deífico linaje asciende de una bélica estirpe de dioses.
   —[b]Amazonas.[/b] —arguyó el varón en compañía de su sagaz sonrisa, aquél hombre designado a ser en la plenitud de los tiempos, el primero de todos los reyes en sus tierras: señor del Reino de Kánalðar y regidor de todo lo que habita allí—, [b]Ya he conocido algunas en fechas lejanas. [/b]—agregó, con inflexión en su voz susurrada, y estrafalarios gestos carismáticos—, [b]Lo ha dicho Igor ya, ambos son Kánalðarianos. Yo desciendo de una prole extinta… [/b]—pausó sus palabras, antes de anexionar—, [b]conocida como los Ásgarðianos ¿Has oído hablar de ellos?[/b] —Rázaðor se le acercó, tomando asiento junto a ella—, [b]Son los dioses del Æsir, “mitos y leyendas” escandinavas. Como para los helenos: Zeus, Poseidón y Hades.[/b] —fijóse con atención, en los ojos contrarios; como si buscase mesmerizar desde el místico azur de los suyos, y escudriñar las cavilaciones íntimas de la fémina e indagar más detalles de su procedencia con perspicacia—, [b]…Reino bajo el agua. Poseidón ¿Quizás?... Se dice que los mares y los ríos están sometidos ante él. [/b]—
[center][image=https://i.pinimg.com/originals/0a/a3/2a/0aa32a1a904fd1033e3d57dafead5b53.gif][/center]
 
 
—[c=#802D2D][b]¡¿Intentas desafiarme?! ¡No le hables a mis viejos oídos con esa insolencia, Mujer! [/b][/c]—Se irguió aquél viejo barbicano, quien mostróse enfurruñado por aquéllas dos pullas que no pasarían desapercibidas a sus prestos oídos. Empuñando su grande hacha de combate; un fiero rostro endrino le imperó. No obstante, el hombre de cuerpo hercúleo y temple inflamable, quién parecía más un campeón que un capitán o un Rey, alzada su ceja conservó; tanto como sus fauces acalladas con ademán irónico, observando desde un mirar oblicuo a su intempestivo y vehemente hombre centenario quien no ocultaba su timorato corazón pese a su añosa edad. Ocluyó sus párpados, después de blanquear los ojos en resignación. Resopló y frotóse las sienes con los dedos índice y corazón de su diestra.
   —[b]A menudo suelo preguntarme…[/b]—realizó una pausa a sus palabras, dichas en una particular voz de susurro y un deje de mordacidad que tanto le caracterizaba—, [b]Cómo es que has vivido tantos años. Anciano.[/b]— esbozó una sutil sonrisa más curvada que tensó sus facciones, cerrando el párpado diestro un poco más que el siniestro. El carismático gesto evidenciada pese a su cobriza barba embellecida por un dorado que le relucía ante la vigorizada lumbre bermellón que crepitaba, coreada por el cántico del viento al soplar impetuoso.

   —[b][c=#802D2D]Grr[/c][/b]— Y así, el viejo hosco consintió entre bufidos y refunfuños, guareciendo su cólera junto al hacha a su vez; aunque al parecer no de muy buena gana. El más joven entre los tres, burlesco rio. El hombre lidero, en un simple parpadeo, dejó de observar a su camarada y clavó su mirar en la foránea fémina, quien había tenido la afabilidad cortés de presentarse; y quien definitivamente —al menos para él— no parecía ser una forajida ni un malhechor.—: [b]Entonces. Así que has venido desde un reino… ¿Submarino? ¿Mis oídos han escuchado bien?[/b] —preguntó con plena serenidad ante la curiosidad que concibió, más no cuestionó. Había vivido tantas místicas experiencias que no le sorprendería saber de un reinado bajo las aguas.

Inclinó la cabeza a un costado, permaneciendo cabizbajo con sus míticos ojos de azul beatos fijados en aquélla mujer; mostrándose suspicaz—, [b]¡Tienes toda la razón! [/b]—discrepó de la propia armonía de su pregunta, alzando el tono de su musitada voz como si se hallase impresionado—, Qué modales son los nuestros. —añadió—, [b]Yo soy, Ásarr Rhage. Conocido como Rázaðor. [/b]—se presentó, desvistiendo el capuz de su cabeza y realizando una reverencia poco ortodoxa sin perder la fijación en la vista contraria. Su cabello, era lacio y áureo—, [b]El viejo gruñón es Olav. [/b]—y Olav esquivó la ceñuda mirada con desdén—, [b]Y el más Joven es Igor. [/b]—aquél mozo imberbe, arqueó una sonrisa fingida con nerviosismo, alzando la diestra para saludar—, [b]…Y parece que le agradas mucho. [/b]—Rázaðor sonrió nuevamente, obsequiándole una mirada fugaz y abriendo sus párpados como si se mostrase irónicamente sorprendido—, [b][c=#2D8080]¡O-oye![/c][/b] —prorrumpió Igor. Aunque sus palabras no suspendieron la conversación.
   —[b]Y usted. Luce agotada, Reina Mera.[/b] —dijo, siendo tan asertivo y sagaz— [b]Éstos vientos son muy hostiles, inclusive para nosotros. Por favor, quédate. No nos incomoda su presencia.[/b] —añadió, antes de concluir con un deje de simpatía en su voz; el sarcasmo tan arraigado en su personalidad—, [b]Al menos no a “dos tercios” de nosotros. Jmh.[/b]—
[center][image=http://38.media.tumblr.com/38b1636fbbd709446bba96800c5b0aaf/tumblr_mki5qc2mLh1r0avtpo2_250.gif] [/center]
 
 
En el alto cielo se alzaba la luna creciente, amparada por las brumas de la noche y concurrida por un tinte gris ceniciento, como velado por una espesa niebla que la luz apenas y centelleaba. En aquéllas regiones escandinavas canturreaba y susurraba el viento en los páramos del Norte; sobre las rocas y los robles, la pastura y los brezos de la hierba, embellecidos por el suave frío de la cellisca que les revestía, que de blanco como lirio mancillaba el entorno a su presto paso, el aire parecía muerto, helado; sofocante quizás… pero con liviandad.

La vorágine de una flama bermellón, se podía vislumbrar desde una escasa lejanía ante la vista de los curiosos. Una hoguera que aluzaba un pequeño campamento —habitado por escasos montaraces, como ya se había hecho mención— levantado en una colina baja, silente pero enardecida aún en el crepitar de los brunos maderos consumidos y sus pavesas; vigorizada pero a su vez dispersaba por la armónica brisa que le aunaba. Ahora, bajo la égida protección de la fémina emisaria, proveniente del mítico pueblo líbico de los Atlantes, quien socorría la lumbre hasta conservar su confortable calidez en un clima tan frígido y hostil.

Sacos de módicas cantidades de provisiones y víveres, yacían tirados sobre aquél gélido suelo, resguardados por cestas de mimbre, cubiertas en una pequeña caverna —cantera aparente— abandonada y fácil de hurtar. A prisa, una compacta compañía de hombres estaría de regreso, en búsqueda de los abastos para su séquito.

Aquéllos bravíos hombres —no más de tres—, de agrestes ropajes, se encontraban alertas, más no oyeron ni vieron señales algunas de que el enemigo estuviese al acecho con el ardid de una celada. Se aproximaron, merodeaban los aledaños con discreción; con pisadas precavidas, pasando como ligeras sombras que se escurrían entre los árboles, hasta llegar a la hoguera sitiada, llevándose una inesperada sorpresa que les turbó. Dos de ellos, clavaron sus torvas miradas sobre la presencia mujeril, y las voces de éstos recién llegados, resonaban con un tono recio y adverso.

   »—[c=#660000][b]¡Eh, tú! ¡Largo de aquí, éste campamento nos pertenece![/b][/c]—imprecó uno de ellos, el más corpulento de los tres y de aspecto más maligno, pero añoso.— [b][c=#660000]¿Desde cuándo los bandidos acechan estas tierras? ¿Y encima mujeres? [/c][/b]—sentenció, cuán rufián con oblicuo mirar en su malhumorado rostro. Rodeándola con lentitud, sin aproximarse más de lo necesario.
   »—[c=#2D8080][b]Deja de ser tan agrio, Viejo tonto.[/b][/c]—replicó en contra de su camarada con rapidez, el más joven entre los tres, más bajo de estatura, y menos corpulento que su comitiva.— [b][c=#2D8080]¿Te encuentras bien, cuál es tu nombre?[/c][/b]— preguntó con calma, esbozando una sonrisa bonachona en un gesto ingenuo e inclinóse en una hidalga reverencia.

Empero, antes de atender respuesta alguna; ambos giraron el rostro a su zaga, acallando sus fauces con mesura; claramente se trataba del líder. La sombra de un hombre inhiesto emergió entre la bruma, aquél era alto, noble y garbo, ataviado con robustas prendas de abrigo; un manto de distinguida piel de huargo sobre sus hombros… propio de su alto linaje. Los míticos ojos, manifiestos pese a llevar su rostro ensombrecido por un capuz que vestía sobre su cabeza, eran celestes y centellantes, que observaban solemnes pero con profunda fijación a la foránea mujer frente a la fogata.
   »—: [b]Qué extraña mujer, en tan extrañas circunstancias. ¿Quién eres?[/b]... —añadió, una dócil pregunta con voz tenante, pero simpática entonación, con visos mordaces y satíricos. Desde sus bermejas fauces, notorias pese a la no muy abundante pero tupida barba rala, esbozó una sonrisa ladina que le tensaba las facciones hasta sesgar su mirada.
 
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Mᴇʀᴀ Ψ Aǫᴜᴀᴡᴏᴍᴀɴ | Comments | iOrbix
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