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Hola querido hermano un placer encontrarte, si gusta Shay un foro donde hay muchos de los nuestros activos sel llama Ars Goethia
 
 
[c=#BF60BF]Todos, siempre tienen planes nuevos, hazañas que demostrar, secretos que confesar, acciones que tomar, sueños que realizar, pero de todos ustedes solo pocos son los que logran marcar la diferencia ante los ojos del Rey. Me encuentro ansiosa al ver lo que harás, muéstrame Astaroth, esos planes tuyos. ~
[/c]
[c=#E500E5]-Comentó la siempre confiada Demonesa, encontrarse con alguno de los suyos siempre le producía una sensación estimulante, se limitó a sonreír al mirarle fijamente.-[/c]
 
 
La espesa sangre de su víctima fluía por la mano de Satanachia, quien mantuvo a sus garras firmemente clavadas a ambos lados de su mandíbula. Si quitaba su agarre, el humano gritaría y posiblemente se desangraría en cuestión de segundos. Por el momento, se deleitaba con el forzoso silencio al que lo sometía, las pupilas del mortal dilatadas en su totalidad. Le sostuvo la mirada, un estremecimiento de placer absoluto lo invadió, pues el tufo que llegaba a su nariz era de lo más adictivo. Miedo, pecado y sexo del más impuro mezclados en uno solo.

Permaneció en silencio mientras Astaroth llevó a cabo su pequeño show. El único sonido, la tenebrosamente calmada respiración del Gran General, fue interrimpido con el crujir de huesos mientras su compañero se transformaba. No volteó a verlo, pues de hacerlo el trance de pavor puro en el que tenía a su víctima se rompería. Aunque, claro estaba, nada podía ya evitar el miedo que sentían.

Pronto un distintivo aroma llenó sus fosas nasales. La miseria humana, la liberación de los orines por parte de ambos hombres. Alcanzaba a detectar en ese fuerte olor la cerveza que previamente consumieron como muertos de sed en un desierto. Dejó que una expresión se colara a sus facciones, en muestra del asco que sentía hacia el nauseabundo olor. Su labio se torció hacia arriba, en dirección de su nariz y sus ojos adoptaron desprecio profundo. Para recuperarse, pasó su lengua por su labio inferior, saboreando desde antes cuanto harían sufrir a esos humanos.

Todo pasó en cuestión de segundos. La voz de Astaroth se escuchaba a lo lejos, como si estuviera debajo del agua, pero aún así, muy en el fondo de su mente, entendía. Un sonido característico del metal, la piel cortarse y un destello de luz fueron todo lo que Satanachia alcanzó a detectar. En seguida, el chocar de algo pesado contra el suelo. Los ojos de su víctima se abrieron aún más, sus cejas parecían querer alcanzar la línea de cabello. Una risa se le escapó al Gran General. La peste a sangre en el aire era excitante, casi orgásmica. Guardó sus garras, liberando el grito de agonía que llevaba minutos encerrado en la garganta del desdichado.

[c=#006666]— Sin duda. Una muerte rápida. Un poco de miseria y un destello. ¡Pum![/c] —cuando Satanachia hizo la imitación del sonido del cuerpo cayendo, el humano tembló visiblemente, fallando en retroceder pues no contaba con la fuerza suficiente.[c=#006666]— Muerto. Pero tú, pequeño pecador, tú no cuentas con tanta "misericordia". —[/c] En cuanto se burló de aquella palabra tan típica del plano celestial, su dedo se presionó contra la herida en la mejilla del humano, manchando sus dedos de sangre. Más gritos de dolor brotaron.

Volvió a sujetarlo con ambas manos de la cara, su mirada llena de una falsa ternura, de lástima. Presionó ambas con fuerzas, transmitiendo a sus heridas una considerable cantidad de fuego infernal, para hacerle sentir la mayor agonía de su vida. Cuando el fuego estuvo bien instalado, retiró sus manos, sólo para reposicionarlas en el abdomen del agonizante mortal. Presionó al tiempo que sus garras aparecían, perforando órganos a su paso. Con fuerza, movió hacia arriba sus brazos, logrando heridas profundas a lo largo de su torso, justo abajo de sus clavículas. Ahora sangraba también por dentro. Era tanto el dolor que los gritos ya no escapaban de sus labios, toda fuerza le había abandonado. Era cuestión de minutos, segundo incluso, antes de que muriera.

[c=#006666]— Lástima que los humanos sean tan frágiles. Quería disfrutar más de mi comida. —
[/c]
La sangre del humano manchaba sus vestimentas, haciendo un tanto más tétrica toda la imagen. Sacó sus garras de donde estaba atoradas, con un nuevo objetivo. Esta vez dirigió sus zarpas a cada uno de los párpados del mortal, clavando. Con una inclinación hacia abajo y afuera, hizo que, uno por uno, sus ojos fueran arrancados de las cuencas. Sólo podía imaginar la cara que pondrían el resto de los mortales al descubrir los cuerpos por la mañana.

Por última vez retrajo sus afiladas garras. Al igual que el otro demonio, hizo aparecer una espada; una sencilla de la que fácilmente se pudiera deshacer. Diez segundos. Era todo lo que tenía antes de que el humano diera su último aliento. Estaba determinado a aprovecharlo, por lo que con un destello semejante al anteriormente hecho por Astaroth, apuñaló al moribundo, desde al abdomen hasta que la punta de la espada salió por debajo del coxis. Y soltó el mango del arma. El cuerpo cayó con un golpe seco, como el final perfecto al espectáculo más hermoso.
 
 
Por un momento se creyó en peligro, con sus intenciones probablemente malinterpretadas; el fulgor de la ira había asomado a los ojos de Astaroth, y no fue por miedo que Flauros dio un paso atrás, sino en previsión a una estocada certera, fugaz, que respondiese a sus intentos de remover el espíritu aguerrido e inconforme que sin duda moraba en el pecho de su congénere. Mas su apreciación fue (afortunadamente) errónea; pues la hoja impía cortó los aires, lejos de la efigie del Duque, invocando las llamas infernales que provocaron un tumulto entre las oscuras nubes de la bóveda sobre ellos, un aire saturado con los efluvios del azufre y otras emanaciones pestilentes que daban un matiz carmesí a la luz de la escena. Debía haberlo imaginado: una entrevista como aquella no podría haber quedado sin vigilancia, conjetura probada cuando el primero de los espías cayó, envuelto en la fiereza de las ascuas provocadas por el orgulloso señor infernal. Lejos de arredrar a Flauros, la perspectiva de un combate alimentó sus instintos sádicos; su mueca pasó de la serena altivez a una sonrisa amplia, horrísona, casi deformando sus facciones en un nada sutil recordatorio de la verdadera esencia de su ser: una encarnación del mal, un verdadero diablo hasta los huesos.

[i]"Justo lo que necesitaba. Comenzaba a sentirme oxidado y aburrido..."[/i]

El comentario - matizado de sarcasmo - no se hizo esperar, durante el breve instante que se permitió para observar a Astaroth remontarse hacia el espacio abierto, en flagrante caza de la caterva que había estado vigilándolos desde las alturas. ¿Hacía cuánto no se había visto inmerso en el candor de la batalla? Los recuerdos de sus tiempos como soldado y conquistador volvieron a él, fluyendo en profusión y despertando las ansias de cebar su acero en la carne ajena; su sangre comenzó a hervir, y su cuerpo se aprestó para la lid, extendiendo las alas magníficas de ébano de par en par, mientras que sus ojos se incendiaban en un púrpura digno de su jerarquía, cual miasma amenazante que pusiera en evidencia la magia profana de su interior. Su fiel espada vorpal se había quedado en palacio; sin embargo, aquello no sería un impedimento para enarbolar una hoja, pues él tenía otros métodos para evitar hallarse desarmado: extendiendo el brazo izquierdo, la misma energía arcana fluyó a través de él, agolpándose en el centro de su palma abierta; pronto, se halló asiendo una espada de plasma, instrumento suficiente para ejecutar los designios de la masacre y dejándolo en posibilidad de ayudar a su aliado. Una tarea que acometería con gran placer.

Flexionó las piernas, y un salto, acompañado del generoso aleteo tras su espalda, bastó para impulsarlo hacia el espacio donde se libraría la contienda. El silbido del aire a su alrededor, golpeando sus oídos, le provocó una euforia perversa por la anticipación de medir sus fuerzas y comprobar qué tanto retenía aún de su vigor y habilidades; una carcajada estruendosa, apenas mitigada por los chillidos de los adversarios que se lanzaron al encuentro de los dos regentes, salió de su garganta, envileciendo todavía más sus ansias por destrozar la pequeña horda de diablos inferiores que habían enviado contra ellos. Craso error. Si bien aquello solo representaba una fracción minúscula de las legiones que Baal tenía bajo sus órdenes, se trataría de una pérdida innegable, pues las fuerzas de Astaroth y Flauros combinadas darían cuenta de ellos sin reparos, con facilidad.

Derramó la primera sangre cuando un demonio, insensato y tan sediento como él, se arrojó en rauda carrera, con las garras en ristre y las mandíbulas prestas a atacar; sin embargo, su vuelo fue atajado por Flauros, quien le atravesó limpiamente con un golpe certero y rápido hacia el frente, con la punta de su dardo encontrando el espacio entre las fauces ajenas para introducirse entre ellas; los pequeños ojos del ente se abrieron por la sorpresa, antes de que el fuego hiciera presa en él, consumiéndolo hasta volverlo cenizas en pleno aire. La satisfacción asomó a los ojos de Flauros, quien, sin detenerse, pronto alcanzó a Astaroth, cubriéndole la espalda.

[i]"Un buen ejercicio de calentamiento, ¿no te parece?"[/i]

Murmuró con sorna entre dientes, de forma que solamente su compinche lograría escucharlo. Echó un vistazo rápido en derredor, contando en voz baja a medida que su vista descubría un nuevo objetivo para su furia; los seres, de naturaleza variopinta pero indudable rango inferior, comenzaban a estrechar el cerco alrededor de ellos, armados con todo tipo de instrumentos mortíferos, o en la ausencia de ellos, desnudando garras y colmillos para atacar. La arrogancia de Flauros, motivada por la riña inminente, le hizo lanzar una nueva y más sonora risa, que pareció partir el firmamento infernal como el estruendo de una montaña viniéndose abajo. Tales eran su regocijo y la maldad de su gesto, que pronto recordó a un felino acechante: el [b]Leopardo Blanco[/b] estaba de vuelta.
 
 
Las emociones que Astaroth comenzó a desprender llegaron a sus sentidos agudizados cuales efluvios, oleadas que le permitieron sentir un atisbo de las tribulaciones que su aliado llevaba por dentro. Conocía la historia de oídas: cómo el magnífico señor infernal había caído, presa de la traición y, al igual que él, había sido condenado al encierro; hasta ese momento fatídico en que la liberación llegó para ambos. Era demasiada coincidencia.

Merced a haber vivido algo similar fue que Flauros pudo comprender y hacerse una idea bastante aproximada de qué clase de ira albergaba su congénere; pero, más allá del fuego que por un momento hizo arder las pupilas ajenas, hubo algo más que lo desconcertó por breves instantes: melancolía, misma que nació de Astaroth tras haber escuchado el nombre de la amada consorte del Duque infernal. [i]Ni siquiera los seres más abyectos escapamos a las garras de lo humano[/i], reflexionó para sí mismo, guardándose todo comentario que pudiese acentuar la pesadumbre de quien le había convocado; estaría de más tomarse aquello a burla, máxime a sabiendas de que él mismo era presa de sus sentimientos. La unión entre Chordeva y Flauros era vista con suspicacia, cuando no abierta sorna; pues nadie en Baator podía concebir que la devoción y fidelidad entre ellos fuera real. Sin embargo, tal era el verdadero estado de las cosas, habiéndose jurado ambos un amor eterno que soportó incluso la separación; al grado de que rindió frutos, y ahora, a su vuelta, Flauros se había encontrado con una jovencita que llevaba su sangre. Tal reflexión le hizo sonreír de medio lado, llegando incluso a moderar sus ímpetus naturalmente belicosos.

No obstante, había algo que no podía consentir. ¿Acaso Astaroth estaba condenándose a sí mismo al papel de mártir? A sus ojos, tal indignidad no correspondía a las intenciones que el gallardo varón había lanzado al inicio de la entrevista; y así se lo haría saber, fuese en reconvenciones o indirectas. Meditar sobre sus próximas palabras fue tarea de apenas un par de segundos; tras los cuales volvió a hacerse oír por encima de la batahola infernal, de los vientos inclementes que azotaban aquel páramo árido y casi bermejo, haciendo ondear su melena nívea y moviendo el soberbio plumaje negro de sus alas.

[i]"Me has llamado. Has pedido mi ayuda, y ofreces tus fuerzas para que las mías se sumen en aras de una venganza justa que haga retumbar los pozos más ocultos de Baator. Todo aquello me place, y gracias a tu discurso es que he consentido en ayudarte."[/i]

Tras ese anuncio inicial, Flauros dio los pasos suficientes hacia el otro hombre, de modo que la distancia entre ambos no excediera la de su propio brazo estirado. La extremidad se lanzó al frente, sin reservas, hasta alcanzar el hombro de Astaroth; y, si bien no estaba en su naturaleza reconfortar, mucho menos servir de consuelo o siquiera intentarlo, sus dedos hicieron presión sobre la zona, en un gesto que pretendía sacar a su contraparte de ese peligroso ensimismamiento que bien podría echar a perder los planes de ambos. Sería necesario sacudir su consciencia.

[i]"Pero no haré una guerra si crees estar destinado al olvido una vez acabe. ¿De qué sirven tus planes, tu habla grandilocuente, si al final imitarás a esos asquerosos siervos de lo divino que creen encontrar salvación en el sufrimiento? Esperaba más de quien pretende luchar a mi lado. Me decepcionas."[/i]

Su habla había adquirido un tono parco, lejos del escarnio que podría esperarse de tal afirmación. No, era algo harto distinto: la intención detrás de su lengua afilada era que el orgullo, la cólera del varón a quien se dirigía fueran removidas y, así, incitar a una verdadera rebelión de consecuencias terminantes. Astaroth no era un peón más en sus juegos; si pretendía darle el papel de camarada, necesitaba que la firmeza y el temple antes demostrados retornaran, sobrepasando la nostalgia que indudablemente embargaba al diablo. Retirando su mano del hombro ajeno, Flauros se adelantó hasta quedar frente a frente con él; sus ojos ardían con determinación, su gesto rebosaba con la voluntad de cambiar el mundo - o, en este caso, el Infierno. Así, terminó sus observaciones, dejando sus motivos bien en claro.

[i]"Si vas a arrojarte a la batalla, hazte responsable de las consecuencias. No serás olvidado. Comandarás tus Legiones, contarás con gente que pelee, codo a codo, contigo; pero no me arrastrarás a un sacrificio, Astaroth, si es que pretendes contar con mi apoyo. Alza la mirada, orgulloso señor de lo maldito; contempla las tierras que habremos de horadar y profanar con nuestros hierros y la sangre derramada. ¡Nos escucharán avanzar, y llorarán con la sangre de sus hijos muertos! Es tiempo de marchar, sí; pero hacia la gloria. Espero que estés a la altura..."[/i]
 
 
— Mi señor...

Sus ojos se abrieron, ampliándose al escuchar la voz de aquel ser conocido. Como yacía de espaldas, se giró para verlo y al ver que no se equivocaba de persona, sus labios se cuevearon en una gran sonrisa, mostrando a su paso su par de blancos colmillos.

Dio unos pasos hacia el frente y justo antes de quedar a menos de un metro del demonio, flexiono una de sus rodillas para apoyarla en el suelo, bajar su cabeza y colocar uno de sus antebrazos sobre la otra rodilla, haciendo así una cordial reverencia ante quien seria su amo.

— Me alegra volver a verlo y saber que el traerlo de vuelta ha funcionado, aún y a pesar de la locura que hizo el marionetista. Gracias por revivirme, mi señor.

Elevó el rostro y volvió a sonreír para este, mostrando gratitud en su rostro.
 
 
Mantuvo su mirar bajo mientras que escuchaba las palabras de aquel gran señor demonio, después de recibir su bienvenida fue entonces que alzo el rostro y así pudo fijar ahora su mirada en él, no pudo mas que dibujar una sonrisa complacida.

— [i][c=#8C8C8C]Es bien cierto que su despertar influyó en la llegada y el despertar de los nuestros, agradezco ser bienvenida a su forja e igual ante su presencia.[/c][/i]
 
 
[code]O f f: Ahora si podemos realizar un ameno rol. [/code]
 
 
Flauros apretó la mandíbula al escuchar las malas nuevas; sabía bien que, antes de la rebelión luciferina y el caer de los ángeles tentados por las promesas de poder, el Pacto Primigenio había sido suscrito, tras interminables luchas encarnizadas contra las encarnaciones del Caos mismo; y en ese contrato se había creado el Infierno, del cual la concepción cristiana solo era una pequeña parte. Incluso su Malebolge solo era una fracción dentro de las nueve capas, un reino que en nada se comparaba a la vastedad de Baator. Pero, a final de cuentas, aquel no era sino el más grande bastión en la guerra inacabable contra las fuerzas del Abismo; y sus hijos, los demonios, incursionaban en cuanta ocasión tenían dentro de los terrenos de Avernus, la primera capa. Era una lucha que jamás tendría final, pues cientos de demonios nacían por cada uno que era asesinado; por ello, la mera idea de que existieran filtraciones, lugares desde donde tales seres pudieran accesar al plano, era, sencillamente, escalofriante. La tarea de repelerlos se dificultaría en demasía. Tal asunto, sumado al conflicto por venir, prometía negras perspectivas para todos sus congéneres; definitivamente, era un problema a tener en cuenta.

Volviendo a la mesura de su cólera e intelecto, una vez más fue el varón arrogante y metódico que había acudido a la llamada, debiendo moderar sus ímpetus en pos de tratar adecuadamente la revelación que acababa de recibir. Alas y brazos se recogieron por igual, las primeras dobladas en la espalda, los segundos cruzándose frente a su pecho altivo; sin desviar la mirada de la orgullosa ciudad allende los límites del risco donde se encontraban, escuchó hasta el final las palabras de Astaroth, dejando que fueran absorbidas por su mente astuta y ésta creara una respuesta acorde, en sintonía con sus meditaciones. El grado de su preocupación fue demostrado por el amago de suspiro que lanzó; sin embargo, logró controlarse y pensar, sobre todo porque la última pregunta requería un análisis claro. Había un nombre obvio que asomaría a sus labios como inmediata contestación; pero, fuera de ella, ¿tenía aliados? ¿Súbditos confiables? Meditar la cuestión le hizo recordar lo prolongado de su encierro y la traición que antecedió a éste; por lo que decidió seguir el orden que el mismo Astaroth había establecido, al retomar el habla.

[i]"Así que los engendros del Abismo han encontrado la manera de infiltrarse en nuestras tierras, ¿eh? Casi parecería intencional, como si alguien les hubiera abierto las puertas. Piensa, Astaroth; ¿no es demasiado conveniente, en vísperas de un levantamiento en armas? Con los "altos mandos" impasibles ante la posibilidad de una invasión, la ausencia de Luzbel y el estado de agitación en que se encuentra Baator, es difícil pensar que no hay [b]algo más[/b] detrás. Apostaría, incluso, a que tu despertar también es una pieza de este rompecabezas; una que podemos aprovechar a plenitud para nuestros fines."[/i]

Claramente, la situación apremiaba, pues no bien hubiesen terminado de derrocar a los gobernantes actuales (si no es que antes), Astaroth, Flauros y sus aliados tendrían que vérselas con las hordas abismales que intentarían aprovechar el desequilibrio en Baator para invadir. De no ser por el desprecio que sentía hacia tales entes, considerándolos poco menos que escoria numerosa, quizás habría pensado en la posibilidad de que ellos también fuesen parte de la aparente conjura, al menos sus líderes; pero tal imagen escapó a sus cavilaciones, inadvertida, sin preocuparle un ápice. Su atención, sus reflexiones, estaban dirigidas a los habitantes de su mismo plano, considerándolos suficientemente falaces como para volver a unos contra otros en aras de alcanzar objetivos hasta ahora desconocidos, pero para nada loables. ¿Por qué, si no, el silencio reinaba entre los altos mandos a pesar del reciente despertar de potencias como Astaroth o como él? Era imposible que la noticia de ambas liberaciones no hubiese llegado ya al Consejo, y, aún así, nada había pasado. Todo aquel asunto le olía a chamusquina. Determinó sacar ese punto a colación más adelante, limitándose a responder la cuestión lanzada por su próximo hermano de armas.

[i]"Tus aliados son más que los míos; pero aquellos que lucharían a mi lado no les envidian en poder. En primer lugar, tengo a mi consorte y mayor orgullo, Chordeva; la única digna de compartir mi trono y gobierno con igual o mayor capacidad de la que yo puedo presumir. Raum, el único que me ha permanecido fiel a pesar de mi exilio; sé que nos seguirá en cuanto la proclama sea lanzada, pues debe obediencia a Chordeva y a mí por igual, sin que nadie le obligue. Además, tenemos en nuestro haber a dos guerreros menores, pero cuyo poder no es despreciable, si bien no puedo revelarlos en este preciso momento; baste saber que uno de ellos lleva en sí la potencia de un serafín celestial, y la segunda es un alma maldita. ¿Serán útiles a la cruzada?"[/i]
 
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Astaroth ᶜᵒᶰᵗʳᵃ ᴹᵘᶰᵈᶤ | Comments | iOrbix
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