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-El último respiro-

**La joven de largo cabello verde lacio yacía echada en su cama por encima de las sábanas mirando fijamente un punto en el oscuro y rajado techo mientras que por su ventana lateral entraban grandes ráfagas de gélido viento provocando que las grises cortinas se agitaran de un lado al otro. Fuera del cuarto el sol perdía cada vez más su rojiza intensidad, mientras se escondía en el horizonte y algunas aves revoloteaban por el lugar jugueteando al son del viento. En el cuarto, las luces estaban completamente apagadas a excepción de las pequeñas velas negras que con sus leves llamas iluminaban ciertas partes de la habitación mientras el silencio sepulcral inundaba el lugar.
Ella no se movió en absoluto, continuó inmersa en sus profundos pensamientos. Mantuvo los labios ligeramente entreabiertos, su pecho subía y bajaba con la regularidad absoluta y tranquilizadora. La sonrisa que se dibujaba hacía palpable que nada perturbaba la paz de su espíritu y los contornos de su rostro armonizaban perfectamente con la angelical pureza de sus amarillos ojos, ella era realmente bella. Llevaba puesto unos audífonos negros y la canción que sonaba le traía bastantes recuerdos -Apocalyptica Not Strong Enough-
Empieza a mover el pie derecho al compás de la melodía hasta que siente que su almohada; en la que su cabeza estaba acostada; se encontraba algo húmeda. Es ahí en donde se da cuenta que sus ojos estaban expulsando agua sin motivo aparente. Decide cerrarlos tratando de cesar el llanto sin éxito alguno y recordó lo que le habían dicho: ​Deja que duela, el tiempo cura todo​, pero ella sabía que tal vez ni el mismo tiempo podría curarla. Había pasado mucho reprimiendo sus emociones y ahora no podía más, era momento de dejarlo salir porque su mente se abría en grietas ya que experimentaba la explosión de sus cimientos. Rápidamente la sonrisa que antes adornaba su rostro se había ido siendo reemplazada por un dolor inexplicable proveniente del pecho. La muchacha hizo un gesto de disgusto y estiró su mano llevándola a sus ojos para limpiar la lluvia externa que su cuerpo producía. Después de unos segundos pensando, decide ponerse en posición fetal abrazando ambas piernas tratando de disipar su mente pero la música no ayudaba.

La joven esperaba pacientemente que el sueño haga su trabajo poniéndola en un coma temporal pero nunca llegó. El reloj que tenía en su pequeño velador de al lado marcaba las diez de la noche, ¿Tan rápido? El oscuro cielo ahora era iluminado por el opaco astro sin luz propia que se situaba majestuoso al centro y fue ahí cuando ella recordó la promesa que su amado una vez le hizo.

-Él juro por la luna, la inconstante e hiriente luna, que cambia cada mes en su órbita redonda y ahora entiendo que su amor fue como la de ella y se volvió caprichoso-

Dijo entre susurros. Tan herida estaba que no podía ni cruzar el umbral de su tristeza. Acto seguido, la frágil joven decide flexionar el abdomen para quedar sentada en su cama con los ojos hinchados, consecuencia de su previo llanto.

-Este es el peor de los adioses, el que se dice apenas, mentalmente y te sepulta-

Musita llevando su mano derecha al cuello, de donde colgaba un peculiar collar con una diadema negra. La joven sujeta esta delicada piedra mientras siente cómo el tormento invadía su ser, su alma se caía a pedazos. Ella estaba segura de que fueron el amor perfecto en el tiempo equivocado y maldecía el día en el que ese horrible adiós tuvo que ocurrir. Las lágrimas caían sin cesar porque sabía que había perdido algo irreemplazable, algo único.

-No...no estoy segura de poder sobrevivir con tantos recuerdos muertos en mi corazón...-

Dice entre sollozos. La única esperanza de la guerrera era aferrarse a los recuerdos, porque es lo único que no cambia cuando todo cambia. Pero pensamientos como, ¿por qué justamente él? ¿Pude haberlo evitado? la invadían seguido. Era extraño...pensar en el pasado dejaba su cuerpo desnudo, en carne viva. Tantas palabras que talló en un cuaderno, palabras que parecían leyes y ahora chocan con el presente, como cometas llenos de odio e impotencia. Fue en ese momento en donde se dio cuenta que realmente lo amó, como la insoportable historia de que todo lo mortal es leve, tal vez era por eso que sufría tanto. Y aunque el dolor es temporal, esa noche la estaba matando. Desde que él se fué solo la consuela la luna, que alumbra siempre su rostro humedecido, por las lágrimas que llevan su nombre. Ella siempre le pregunta a la hiriente y plateada estrella por él pero ni esta ni nadie le da respuesta.
Después de unos segundos, la joven limpia sus lágrimas con el extremo distal de su polera y decide voltear centímetros a la derecha para extender su mano izquierda hasta llegar a su pequeño velador y abrir el primer cajón. Éste no contenía mucho, un par de medias mal dobladas y una bolsa de color blanco. La muchacha sujeta la bolsa de plástico para luego cerrar el cajón y volver a su posición inicial estando sentada de piernas cruzadas en la cama. Procede a introducir su mano en esta sacando así una cuchilla metálica que sostiene con el dedo índice y el pulgar observando su filo. Pasado unos segundos, suspira hondo y sin pensarlo dos veces pasa la hoja de afeitar fuertemente por su antebrazo derecho de forma vertical. Toda acción tiene su reacción, y la consecuencia de esta fue un descomunal sangrado seguido de un gesto de dolor de parte de ella. La cuchilla había logrado traspasar la piel y el tejido subcutáneo de la muñeca región anterior. No había marcha atrás pero es que sin él, ella no encontraría la felicidad, o al menos eso creía. Con la mano contraria, realizó el mismo corte en su antebrazo izquierdo con la misma consecuencia. La sangre todavía palpitaba en la yema de sus dedos pero ella no tenía fuerza alguna para moverse. El albor de la madrugada ya se extinguía mientras pensaba en él y dijo.

-Si no hubieras roto tu promesa, esta cruel noche no transitaría y en mi vida, no tendría esta mi muy triste agonía. Nos veremos pronto querido, pero debo dejarte ir...-

Fueron sus últimas palabras para luego cerrar ambos ojos para siempre mientras sus blancas sábanas se teñían de rojo intenso y la vida se le escapaba del ser. Al día siguiente, funestos sonidos fúnebres de llanto inundaban el ambiente seguido de ropas de luto por dolor sin encanto. Manos sangrantes de lágrimas impedidas y rostros agonizantes en un mar de amargura. Finalmente el negro cielo dejaba caer las sombras por los secos árboles y el viento polar sin sonido arribó la nada marchando el encanto a otras miradas. Todo el mundo la ha olvidado, y sus pensamientos ya no son más que tierra de cementerio dándole fin a lo que una vez fue Nannita la guerrera de cabellos verdes**

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Yorha Ligthning Donn | Blog | iOrbix
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