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[i] Por ello, tras despedir a sus muertos y celebrar la victoria sobre el Rey de la Noche, se convocó a un concejo de manera urgente.
Ambos ejércitos se vieron menguados, los sobrevivientes necesitarían algunas lunas para rehabilitarse.
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[center][quote=#000000][image=https://66.media.tumblr.com/d9501d7832048a40d00f4a0058d156de/tumblr_prs54csbJT1svmxceo1_540.gif][image=https://66.media.tumblr.com/263f205183c651468014a5236ca5f076/tumblr_prs54csbJT1svmxceo2_540.gif][/quote][/center]
 
 
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[c=#8C8C8C][i][b]Jeɴɴʏ wouʟd daɴce wɪtʜ ʜeʀ ɢʜosts[/b][/i][/c]

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[c=#8C8C8C][i][b]Aɴd tʜe oɴes sʜe ʜad ғouɴd[/b][/i][/c]

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[big][c=#8C8C8C]...[/c][/big]
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[i][c=#006666]Los Norteños eran personas difíciles y cerradas a los desconocidos.

Ya se lo habían advertido, y ahora lo pensaba con más que con frustración ardiendo en su cabeza; desde que puso un pie en Winterfell había le habían dado la bienvenida con trabas directas e indirectas de parte de los Lores del Norte, así como un sinfín de dudas respecto a su interés en salvaguardar al Norte del Rey de la Noche.

Sabía lo que se decía a sus espaldas; Lord Varys, por así decirlo, tenía un papel en su consejo por motivos específicos que al menos atenuaban su fluctuante historial de compromiso ante las Casas a las que había servido. Se lo había notificado la segunda noche que pasaron en el castillo: Lord Glover era un problema. Siendo el más escéptico de todos, sus argumentos generales en reuniones extraoficiales siempre eran[/c]: [/i] [c=#663300]"¿por qué una (citando) [i]puta [/i]extranjera querría comprometerse con el Norte si no para someter a los últimos Lores dignos que quedaban en Westeros?" ; "la zorra seguramente quería ser la próxima Lady de Winterfell, la habían visto chupándosela al Maestre Wolkan en las caballerizas" [i]y la mejor de su repertorio:[/i] "La descubrí mirándome la espada, y no precisamente la de acero"[/c][i]
[c=#006666]
Incluso la pequeña con la boca de acero, Lady Mormont, mostraba con su actitud una renuencia férrea a confiar en la última Targaryen. Ni se hablara de aceptarla como Reina Legítima.

¿Qué más prueba de compromiso podrían necesitar? : les había facilitado la extracción de Vidriagón, había arriesgado su vida al viajar a Pozodragón para confirmar los rumores ante su máxima enemiga, Cersei Lannister... ¡Había perdido a uno de sus amados Dragones![/i][/c]

[b][c=#806080]No importa.[/c][/b] [i] [c=#006666]Pensaba. Siempre se hacía valer en las reuniones, y siempre sabía dejar hecha ceniza las palabras tóxicas de los escépticos.

No se sentía cómoda, ni en casa, tenía a los suyos muy cerca: su Mano, Missandei, Torgo Nudho... A sus Inmaculados, a sus Dothraki, y a sus dos hijos. De una u otra forma, con hechos y un poco de diplomacia, sabría ganarse el respeto de los Norteños.[/i]

[i]

Sin embargo algo hacía falta. Algo que sí importaba.

A falla de todo pronóstico, la Lady de Winterfell, Sansa Stark, y los demás hermanos del Rey en el Norte, Arya y Brandon Stark, le habían dado un recibimiento escueto pero decente. Eran buenos muchachos, pero pudo adivinar por sus rostros y palabras que habían pasado por cosas realmente graves que mataron la niñez en cada uno de ellos. Esa era la enfermedad de esos tiempos en que vivían.

Con todo y ello, la ausencia de Jon Snow era la que más le podía.

¿Qué había sucedido con ese Jon Snow que llegó a conocer durante los quince días que se prolongó el viaje desde Rocadragón hasta Winterfell?

¿Qué había pasado después de esas catorce noches?

Tras el segundo día en Winterfell, algo sucedió (no sabía qué), que transformó completamente su actitud hacia ella.

Agreste, hosco, de pocas palabras y menos miradas. Cuando se trataba de reuniones oficiales entre su Consejo y los Lores del Norte, parecía ser el mismo de antes: había retroalimentación, la escuchaba, la miraba a los ojos.

Pero ya había perdido la cuenta de cuántas veces buscó una palabra, un saludo, al menos una señal visual de que estaba allí para ella.

Sin encontrar nada de ello.



Algo tenía Winterfell, los fantasmas de las tragedias seguramente, que no le permitía dormir hasta pasada la Madrugada.

A veces Missandei trasnochaba con ella, pero no era lo suficientemente egoísta como para retenerla para sí; sabía del amor puro y fuerte que la llamaba a Torgo Nudho, y viceversa.

Por ello solía regalarse paseos en las inmediaciones del Castillo; Ghost, el lobo Huargo de Jon, se había vuelto algo así como su compañero de caminatas (afortunadamente hubo la oportunidad de que Jon le "presentara" a su cachorro, antes de su inminente cambio de indiferencia hacia ella).

Todas las noches solían ser calmadas, sin más sonido que los vientos de Invierno, o el ulular de los búhos.

Esa noche no sería así.[/i][/c]
 
 
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[c=#006666][i]Cruzaba las nubes, dando piruetas con sus alas negras.

Jamás había visto las estrellas tan de cerca como esa noche; el viento frío, escarcha cayendo entre sus fauces como rocío de lluvia, derritiéndose apenas tocarla.

Se sentía feliz, y se sentía libre cruzando el mar salado donde la luz de la Luna se escindía en hilos de plata, navegando por cada onda de las olas. Era un reflejo exacto de la bóveda celeste, donde las constelaciones brillaban.

Se preguntó si alguna de esas estrellas era Khal Drogo, sentado en su magnífico semental; confiado, sonriendo hacia ella.

Vio una tormenta gris por delante; relámpagos y polvareda. Y de nuevo estaba sobre sus dos pies, desnudos, caminando en la oscuridad sobre el piso de piedra.

No sabía con certeza dónde estaba, pero tenía una noción; las antorchas apagadas y las columnas labradas de los pasillos eran como una vivencia experimentada años atrás. Una tal vez imaginada o soñada, ya que jamás había estado en el Salón del Trono de Hierro. No hasta ese día.

Sólo había dos fuentes de luz allí dentro: dos antorchas postradas en la pared, una a cada lado del Trono de Hierro. Allá afuera debía ser el crepúsculo, pues los vitrales apenas proporcionaban una luz débil de Invierno: gris, azul, no podría definirlo.

¿Por fin estaba en su hogar? ¿Por fin estaba en el Trono de Hierro?

Y aún así no era triunfo lo que sentía en el pecho: era angustia y un sabor amargo entre los dientes que cada vez se hacía más presente. Quiso, por inercia, acercarse al Trono de las Mil espadas de Hierro; subió a pies descalzos uno por uno los escalones para llegar ante él. Y justo en el último, justo cuando su sensible olfato percibió el aroma de hierro, la voz de Viserys se hizo presente en un grito.

Se dio la vuelta y estaba allí ante sus ojos: la boca torcida en una mueca extraña, su pulcro cabello plateado quemado y la angulosa cara negra y humeante donde el oro derretido había caído, resbalando por su ceja, mejillas y ojos.

[/i][/c] [b][c=#592D43]Tú... Estás muerto...[/c][/b] [i][c=#006666]No había estado así de asustada desde que era niña, bajo los violentos regaños de su hermano; bajo los maltratos, los pellizcos, las marcas en sus muslos.[/c][/i]

[c=#806070][b]Asesinado.[/b][/c] [i][c=#006666]Corrigió él, sin abrir la boca; de alguna forma se hacía escuchar, como un susurro en su oído. El espectro de su hermano fue acercándose, y ella se fue sintiendo pequeña sin motivo alguno. Volvía a ser la pequeña que tenía pesadillas sobre "Despertar al Dragón" . [/c][/i][b][c=#592D43]Alguna vez te amé. [/c][/b][i][c=#006666]Dijo Viserys, con una amargura que la hizo sacudirse en un temblor. [/c][/i][b][c=#592D43]Ibas a ser mi esposa, engendrarías hijos de cabello de plata y ojos índigo, para perpetuar la sangre del dragón pura. Cuidé de ti, te enseñé quién eras, te alimenté... ¡Vendí la corona de nuestra madre para alimentarte!

Te tenía pavor. Me asustabas, ¡me torturabas![/c][/b] [i][c=#2D5680]Gritó , aunque la voz le temblaba, así como las piernas. Iba retrocediendo, pues cada paso de él la acorralaba.[/c][/i]
[b][c=#592D43]
Sólo cuando despertabas al Dragón. Yo te amaba. Y tú me traicionaste, ¡me traicionaste! ¡TRAICIONASTE A TU PROPIA SANGRE POR TU SALVAJE ESPOSO Y SU GENTE FOLLACABALLOS! [/c][/b]
[i]
[c=#006666]Apenas alcanzó a ver el puño cerrarse; se resguardó con los brazos, como pudo, pero sabía que ante Viserys ningún intento de defenderse era válido. Sabía que había despertado al Dragón. De nuevo, sin duda, era la pequeña niña maltratada y atemorizada por Viserys Targaryen. Estaba acorralada; dio un paso hacia atrás, de nuevo, y dio un trompicón contra el Trono de Hierro, cayendo sobre éste.

Esperó su destino, esperó sentir el primero de varios puñetazos en su cuerpo. Mas nunca llegaron, y el silencio imperó de nuevo.

Cuando abrió sus ojos no había rastro de Viserys, ni del olor a carne y cabello quemado de hacía unos momentos. Tenía el corazón latiendo como si cientos de Dothraki cabalgaran por el campo abierto. Había llorado, sin darse cuenta: tenía los pómulos húmedos. Se enjugó como pudo, con los nudillos, y tratando de asimilar lo visto se quedó pensativa, mirando sus propias rodillas.

Fue a los cuantos minutos que entró en consciencia de dónde estaba sentada; era el Trono de Hierro. En cuanto lo razonó, empezaron a caer estrellas blancas del techo del Gran Salón.

¿Estrellas? No: era Nieve. Nieve que empezó a cubrir el gran Trono que los Reyes de Westeros habían ocupado por siglos.

Nieve que cayó en su cabello, en sus manos, en sus muslos. En su vientre.

Al abrir los ojos y despertar, le faltó el aire. Estaba agitada, y aún asustada.

¿Cuándo había sido la última vez que tuvo el sueño del Dragón? ... Pensó, mientras yacía confundida. Llevó una mano a su pecho, allí donde sentía que su corazón estaba demasiado alterado, como queriendo salírsele por la garganta. Aunque las piernas le temblaban, se alcanzó a apoyar de la cabecera de su cama; luego de la mesa de noche, donde la vela estaba a medio consumir.

Sentía frío y calor: frío en su rostro pálido y sus manos. Y calor entre las piernas. Alcanzó a ponerse en pie, y al lograrlo se miró los muslos; tenía una sensación espesa y mojada.

Era sangre. Sangre de mujer.

La flor roja le había vuelto a florecer.


Su mirada, en busca de respuesta, fue hasta la ventana: había nieve cayendo.[/c]
[/i]
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[c=#006666]
[i]¿Quién era Jon Snow y por qué actuaba tan reacio ante las circunstancias?

Ella tenía todo: los números, la lealtad de su gente (allí y en Meereen), a dos de los hombres más influyentes de Westeros como consejeros; a los Dothrakis y al ejército de los Inmaculados. Tenía a sus tres hijos, dragones; criaturas que no se habían visto en cientos de años y de las cuales ya la gente sólo les creía en cuentos de viejas Nanas.

Tenía el apellido, y el fuego en la sangre. Fuego y Sangre.

Todo estaba a su favor, y aun así Jon Snow seguía reacio a hincarse y prestar su lealtad y servicio hacia quien tenía el justo derecho de regir los Siete Reinos.

Jon Snow: el “Rey en el Norte”

Qué raro le sabía en los labios pronunciarlo; una mezcla entre amargura e incertidumbre.

El primer encuentro podría describirlo, por menos, como desafortunado; tal parecería que él no cedería, y ella tampoco podría dar su brazo a torcer. Había términos, condiciones en las que podía ser flexible y prestar oídos a su homólogo.

Pero Jon Snow era un hueso duro de roer; su misma imagen lo demostraba. Siempre serio, un alma vieja en el cuerpo de un joven.

Obtener la lealtad de Snow sería una victoria que sólo ganaría tras varias luchas diplomáticas; y en ese instante, mientras sobrevolaba el mar gélido de vuelta a Dragonstone, no tenía tiempo para pensar en librar una batalla más. No en ese preciso instante.

Por ahora tenía prioridades: los sobrevivientes del bando contrario que decidieron unírsele, las pocas provisiones que se pudieron rescatar de entre el fuego, y Drogon.

Drogon en particular.

Acarició la escamosa y dura piel de su amado hijo; ya quería aterrizar. Quería aliviar el dolor de su hijo, como madre aprehensiva y amorosa.

Debajo de ella, su flota Dothraki y algunos nuevos integrantes; por delante, Dragonstone.

A pesar del cansancio, aún había mucho trabajo por hacer. Y Jon Snow estaría a punto de jugar un papel fundamental en la siguiente empresa que ella aún concebía en su mente.

Minutos pasaron; y Drogon pronto se vio aleteando.

Estaban aterrizando nuevamente, ante el frío castillo de su familia.[/i][/c]

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