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Claudia, mi querida hermana. Llevo ya una semana en Acre sano y salvo y muy animado pero preparado para lo peor. Los hombres y mujeres que me han dado aquí cobijo también me han advertido que el camino hacia Masyaf está tomado por mercenarios y bandidos que no son de estas tierras, no me atrevo a aventurar lo que eso significa. Cuando partí de Roma hace diez meses lo hice con un único fin, descubrir lo que no pudo hacer nuestro padre. En una carta escrita un año antes de nacer yo, menciona una biblioteca escondida bajo las piedras del castillo de Masyaf, un santuario lleno de inestimable sabiduría. ¿Qué encontraré cuando llegue allí?, ¿quién me recibirá?, ¿una hueste de templarios impacientes como más me temo?, ¿o nada más que el silbido de un frío y solitario viento?. Masyaf no ha albergado a los asesinos desde hace casi 300 años, podemos seguir reclamándolo como nuestro, somos bienvenidos allí... Ah, estoy harto de esta lucha Claudia, no por estar cansado sino porque nuestro conflicto avanza en una sola dirección, hacia el caos. Hoy tengo más preguntas que respuestas, por eso he llegado tan lejos, en busca de claridad, en busca de la sabiduría que dejo el gran Altaïr, para entender mejor el propósito de nuestra lucha y mi lugar en ella. Si me sucediera algo Claudia, si fallara mi habilidad o mi ambición me descarriara, no busques venganza ni represalias en mi nombre, pero lucha por continuar la búsqueda de la verdad para que todos puedan beneficiarse. Mi historia no es sino una de miles y el mundo no sufrirá porque acabe prematuramente.

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Luego sucedió algo más.
Ezio advirtió otra plataforma similar que sobresalía de la torre a la misma altura, a unos cuatro metros a su derecha. Y, sobre ella, solo, avanzando sin temor, estaba ahora el hombre con la capucha, vestido de blanco, que había visto en la batalla. Mientras Ezio observaba, se le cortó la respiración; el hombre parecía estar volviéndose contra el y comenzaba a hacerle señas...
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[b]Y entonces, de nuevo, la visión se desvaneció, y no le acompañó nada más que el viento y ráfagas esporádicas de nieve. Hasta el águila se había esfumado. El capitán se acercó con la soga en la mano. Ezio notó fugazmente que la cuerda estaba muy floja y arrastraba por detrás. —Yo no veo ningún águila —dijo el capitán—. Apuesto a que las auras no tardarán más de tres días. —Ya te avisaré —contestó Ezio, sin alterarse. Había aparecido un puñado de guardias detrás del capitán, pero fue el mismo capitán, que estaba detrás de Ezio, muy cerca, quien le bajó la capucha, deslizó la soga por la cabeza y la tensó alrededor de su cuello. —¡Ahora! —exclamó el capitán. —¡Ahora! En el instante en que sintió las manos del capitán sobre sus hombros, dispuesto a empujarle al olvido, Ezio levantó su brazo derecho, lo dobló, y llevó el codo hacia atrás, de forma violenta. Cuando el capitán cayó de espaldas con un grito y tropezó con sus compañeros, Ezio cogió la cuerda restante, que aún estaba sobre el entablado, esquivó a los tres hombres, se dio la vuelta y colocó la soga alrededor del cuello del capitán, que se movía a trompicones. Luego saltó de la plataforma al vacío.
El capitán había intentado retroceder, pero era demasiado tarde. Cayó a los tablones por el impacto del peso de Ezio. Las tablas se zarandearon cuando las golpeó con la cabeza. La cuerda se tensó y prácticamente rompió el cuello del capitán, que se puso azul y se llevó las manos al cuello, al tiempo que pataleaba y forcejeaba contra la muerte. Dijo todas las palabrotas que sabía, los guardias desenvainaron sus espadas y avanzaron rápido para cortar la cuerda y liberar a su oficial. Cuando lo consiguieran, el maldito Ezio Auditore habría caído en picado en las rocas, a ciento cincuenta metros, y mientras estuviera muerto, ¿qué importaba cómo hubiera sido? En el extremo de la cuerda, girando en el espacio, Ezio tenía ambas manos entre la soga y el cuello, y se esforzaba por evitar que le cortara la tráquea. Examinó la escena que tenía debajo. Colgaba cerca de los muros. Tenía que haber algo a lo que aferrarse para detener su caída. Pero si no lo había, aquella era mejor manera de toparse con la muerte que no de un modo sumiso. Arriba, sobre la plataforma que se balanceaba peligrosamente, los guardias por fin lograron romper la cuerda, que para entonces ya estaba dejando el cuello del capitán sin sangre. Y Ezio se halló cayendo, cayendo... Pero en cuanto notó que la cuerda se soltaba, balanceó el cuerpo para acercarse a los muros del castillo. Masyaf
estaba construido para los Asesinos por Asesinos. No le abandonaría. Había visto un trozo de andamiaje roto que sobresalía de la pared quince metros más abajo. Condujo su cuerpo hacia allí mientras caía en picado. Se agarró e hizo un gesto de dolor, pues el brazo por poco se le salió del sitio. Pero el andamiaje estaba sujeto, él se enganchó y, apretando los dientes por el esfuerzo, se subió hasta que pudo aferrarse con ambas manos. Pero aún no había terminado. Los guardias se asomaron a ver qué había pasado y comenzaron a coger cualquier cosa que pudieran lanzar para sacarlo de allí. Le llovieron encima rocas, piedras y pedazos irregulares de madera rota. Ezio miró a su alrededor, desesperadamente. A su izquierda, una escarpa subía por el muro, tal vez a unos seis metros de donde estaba ahora. Si podía balancearse desde el andamiaje y conseguir suficiente impulso para cubrir esa distancia, existía una remota posibilidad de que pudiera bajar rodando por la escarpa. Al pie, vio la parte superior de un acantilado, del que salía un puente de piedra desmoronado, que se extendía sobre un abismo, hasta llegar a un sendero estrecho que recorría el lateral de la montaña de enfrente. Agachado bajo la lluvia de escombros que caía de arriba, Ezio comenzó a balancearse atrás y adelante. Sus manos resbalaban por la madera del andamiaje, lisa como el hielo, pero se aferró y pronto consiguió el impulso. El
momento llegó cuando sintió que ya no podía sujetarse más y tuvo que arriesgarse. Reunió toda su energía en un último balanceo hacia atrás y se lanzó al espacio cuando su cuerpo se movió hacia delante, con las piernas y los brazos abiertos en el aire para volar hacia la escarpa. Aterrizó pesadamente, mal, y quedó sin aliento. Antes de que le diera tiempo a recuperar el equilibrio, cayó por la pendiente y rebotó en el suelo lleno de baches, pero poco a poco fue capaz de guiar su cuerpo maltrecho en dirección al puente. Sabía que era vital, puesto que si no acababa en el punto exacto, caería por el precipicio, y sabía Dios el vacío que había ahí abajo. Iba demasiado rápido, pero no controlaba la velocidad. De algún modo, mantuvo la calma y por fin se detuvo a tres metros del puente tembloroso.[/b]
 
 
El amanecer era frío y gris. En su quietud, Ezio ahuyentó los recuerdos y se concentró en el presente al oír las pisadas de los guardias sobre las losas, acercándose a su celda. Aquel era el momento. Fingiría estar débil, lo cual no era difícil de lograr. Tenía más sed de la que habría tenido en mucho tiempo, y estaba hambriento, peor el vaso y la comida permanecían intactos sobre la mesa. Se tumbó en el suelo boca abajo, con la capucha sobre le rostro.
Oyó que abrían la puerta de su celda y los hombres entraron. Le cogieron por debajo de los hombros y le medio incorporaron para sacarle a rastras del pasillo de piedra gris que habría fuera. Con la vista clavada en el suelo mientras le transportaban, Ezio vio una marca en una piedra más oscura, el gran símbolo de los asesinos, su insignia desde tiempos inmemoriales.
El pasillo daba a un espacio más amplio, una especie de sala, abierta a un lado. Ezio notó el penetrante aire fresco en su rostro, que le reanimó. Alzó la cabeza un poco y vio en lo alto unas aberturas delimitadas por estrechas columnas, y al otro lado una vista panorámica de las implacables montañas. Seguían en lo alto de la torre.
Los guardias le pusieron de pie y el se los quitó de encima. Se apartaron un poco, con las alabardas preparadas, apuntándole. De cara a Ezio, con la espalda al vacío estaba el capitán del día anterior, sostenía una soga en la mano.

--Eres un hombre tenaz-- dijo el capitán -- al venir desde tan lejos para echar un vistazo al castillo del Altaïr. Demuestra que tienes corazón.

Le hizo unas señas a sus hombres para que retrocedieran y dejaron a Ezio solo. Después prosiguió:
--Pero ahora eres un perro viejo. Mejor dejar de ser un misterio que verte gimotear hasta un triste final.

Ezio se dio un poco la vuelta para dirigirse directamente al hombre. Aquel minúsculo movimiento, advirtió para su satisfacción bastó para que se estremecieran los alabarderos, que sujetaban sus armas contra el.

--¿Una ultima palabra antes de que te mate ?-- preguntó Ezio.
El capitán estaba hecho de una pasta más dura que sus hombres. Se mantuvo firme y echó a reír.

--Me pregunto cuanto tardarán las auras en limpiar tus huesos cuando tu cuerpo cuelgue de esos parapetos.
--Hay un águila por ahí arriba que mantendrá alejadas a las auras.

--Eso te irá muy bien. Acércate ¿o temes morir? No querrás que te lleven a rastras hasta la muerte, ¿verdad?

Ezio avanzó despacio, con todos los sentidos en alerta.
--Muy bien-- dijo el capitán y Ezio notó cierta relajación de inmediato.
¿De verdad creía aquel hombre que iba a rendirse? ¿ Tan vanidoso era? ¿Tan estúpido? En cualquier caso, mucho mejor. Pero tal vez, después de todo, ese hombre desagradable, que olía a sudor y a carne cocida, tenía razón. La muerte tenía que llegar en algún momento.
Más allá de la amplia ventana, entre las columnas, una estrecha plataforma sobresalía en el vacío, tendría unos tres metros de largo y uno de ancho, construida con seis tablones rugosos. Parecía antigua e insegura. El capitán hizo una reverencia como un gesto irónico de invitación. Ezio volvió a avanzar, mientras esperaba su momento, pero al mismo tiempo preguntándose si llegaría. Los tablones crujieron de forma alarmante bajo su peso y el aire se enfrió a su alrededor. Miró al cielo y las montañas. Entonces vio el águila volando, quince o treinta metros más abajo con sus alas blancas extendidas, y de algún modo le dio esperanza.

Luego sucedió algo más.
Ezio advirtió otra plataforma similar que sobresalía de la torre a la misma altura, a unos cuatro metros a su derecha. Y, sobre ella, solo, avanzando sin temor, estaba ahora el hombre con la capucha, vestido de blanco, que había visto en la batalla. Mientras Ezio observaba, se le cortó la respiración; el hombre parecía estar volviéndose contra el y comenzaba a hacerle señas...
 
 
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Ezio Auditore | Blog | iOrbix
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