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[i][c=#E50000]Llego a su casa cuando el sol está entrando por el horizonte y el cielo se pintaba de naranjas y rojos, el reloj tal vez ya daba las 08:30 de la tarde, si no es que mas, horario en que estaba segura en su hogar no habría nadie. Entro por la puerta principal y fue recibida por la penumbra de la sala, todas las luces del lugar estaban apagadas, eso confirmaba que estaba completamente vacío, sin rastros de su padre o hermanos. Cerró la puerta y avanzo por la sala, aun en penumbras, hasta llegar al pie de las escaleras, conocía su hogar a la perfección, no necesitaba de luz para guiarse; aunque claro, su sentido aural le ayudaba. Subió las escaleras en total silencio hasta llegar a su fin, encontrándose con un pasillo, también en penumbras y unas siete puertas, una en cada extremo del pasillo, ambas de color blanco, frente a las escaleras se encontraba otra de color gris, las cuatros restantes tenían diferentes colores. Hacia la izquierda, sobre el mismo lado de la puerta gris, una de color purpura y frente a esta una de color bordos. Hacia la derecha, la puerta sobre la misma parad que la gris, era de un rojo profundo, y la que estaba en frente de un celeste vivido. Se dirigió hacia esa puerta, a la que tenía casi el mismo color de su mirada, pero sin llegar a ser idéntico. Abrió la puerta e ingreso a su cuarto, una vez dentro cerró la puerta sin hacer ruido, solo un “click”, que se dejó oír con claridad por el silencio que invadía su hogar.


Una vez en la soledad de su cuarto, dirigió su diestra hacia el dalo derecho de la puerta, justo donde se encontraba el interruptor de la luz, oprimiéndolo, para que la pantalla de papel en forma de estrella de color blanco que colgaba de su techo y cubría el foco se iluminara, dejando así ver el decorado de la habitación. Paredes de un rosa pálido, ella jamás hubiera escogido ese color para su cuarto pero su madre, su madre de sangre, lo había escogido con mucha ilusión, por eso es que se había negado a cambiarlo. Sobre las paredes, varios cuadros cuelgan, todos con la imagen de algún ser de gran importancia para ella; Entre la gran multitud de cuadros en solo ocho se distingue que ella participa de la imagen, en cada uno con una persona diferente. En uno, se observaría a ella con la edad de unos 4 años, con su cabello castaño corto y un vestido celeste, ella estaba recostada en el piso junto a una hermosa mujer de larga cabellera azul y mirada de igual color, que sonreía en su dirección; En el siguiente se nota es de uno 2 o 3 años después, no se puede observar muy bien su rostro, ya que esta de perfil frente a un bella pelinegra de ojos grises, la cual, también, está sonriendo en su dirección, viéndola con total cariño y entregándole un globo; El tercer cuadrado, un poco más grande que el resto, se ve que ella, con unos 10 años tal vez y su cabello corto, es cargada por un hombre con sus mismo tono de cabello, el la sostiene un tanto alto, ambos riendo con alegría; El cuarto y quito cuadro con casi iguales, en ambos esta con su apariencia actual, en uno junto a un chico tan castaño como ella y de ojos rojos, ambos caminando por la ciudad, al parecer solo compartiendo un momento agregable, en el otro cuadro, parecía estar junto al mismo chico, solo que este tenía ojos de una extraña tonalidad violeta, ellos estaban sentados en un sofá, conversando. En el sexto cuadro, parecía tener también unos 10 años, estaba abrazando por el cuello a un hombre pelinegro con destellos purpuras y orbes de un peculiar tono entre purpura y rojo, el solo sonreía a la cámara, sin mucha expresión en su rostro; En el siguiente se la ve con su edad actual junto a dos hombres, uno de cabello purpura y mirada gris, que sonreía despreocupadamente, el otro, de cabello blanco y mirada azul eléctrico, él sonreía con cierta picardía; En el último cuadro, ella tiene la apariencia de una bebe, estaba siendo cargada por un hombre de apariencia recta, de ojos castaños y cabello a juego algo largo .


Ella observo esos ocho cuadros por un largo rato, todos ellos eran de suma importancia en su vida, los amaba. Fue hacia el armario, que se encontraba en la pared contraria donde la puerta, junto a un sofá de dos cuerpos color blanco con algunos peluches y almohadones sobre este, abrió las puertas del armario y hurgo entre sus ropas, sacando un cofre bastante grande de madera. Con el cofre en mano camino hacia la cama de plaza y media, que estaba acomodada sobre la pared derecha, cubierta por una colcha blanca y con dos conejos de peluche sobre esta, a cada lado de la cama una mesa de noche, con una lámpara sobre cada una, sobre la mesita de noche del lado derecho, también había un joyero en forma de corazón color rojo, con contenido desconocido, en la del lado izquierdo un pequeño reloj despertador, que ya marcaba las 09:17 P.M.


Con un suspiro tomo asiento en su cama, abriendo el cofre con delicadeza. Por dentro este se dividiría en dos secciones, de un lado descansaban unas tijeras de color plateado, en perfecto estado, junto a ellas, una daga de mango dorado, con rubíes y zafiros incrustados en esta, y una hoja de no más de 20 centímetros de un peculiar color. Esa daga había sido un regalo, un regalo de un ser que conoció por casualidad, la daga de la muerte… Ella lo sabía, algún día moriría bajo el filo de esa daga, moriría con la daga enterrada en su cuerpo o bajo las manos de su padre. Solo estaba dispuesta a morir bajo esas situaciones, de cualquier otra manera daría pelea, pelearía hasta el fin para conservar su vida. Miro hacia el otro compartimiento del cofre, donde un montón de cabello castaño descansaba. Tres veces, tres veces en toda su vida se había cortado el cabello, todas ellas por una razón y ahora abría una cuarta. Tomo las tijeras con su mano derecha y un mechón de su largo cabello con su mano izquierda, sin titubear corto ese mechón, dejando el cabello cortado en el cofre, poco a poco continuo cortando su cabello, hasta dejarlo a la altura de sus hombros, extrañamente muy bien, tal vez gracias a la práctica. Su antigua larga cabellera, que solía llegarle casi a sus muslos, ahora se encontraba corta, demasiado corta para el gusto de algunos. “Demente”, así la llamaría un amigo, que siempre había alabado su cabello largo. Observo el, ahora más grande, montón de cabello y sonrió, era la cuarta vez que lo hacía, era la cuarta vez que perdía una “madre”, esto ya era un ritual para ella. Su pequeño ritual secreto, nadie conocía la razón por la que lo hacía, solo creían que era un capricho de ella el cortarse el cabello de aquella manera.


Hundió su mano izquierda en el montón de cabello, al retirarla, saco de este un sobre blanco de tamaño promedio, lo abrió y dejo su contenido callera sobre la cama. Tres fotos salieron de este, ella las tomo con delicadeza y observo a cada una de las mujeres que se encontraba en cada foto. En la primera, una joven de cabello purpura y mirada celestes, ella sonreía a la cámara con despreocupación; En la siguiente, una hermosa mujer de largo cabello azul y orbes celeste, ella sonreía tranquila y maternalmente hacia la cámara, con cierta relajación en sus facciones; En la última foto, una joven de cabello celeste, dejando resaltar su mirada rojiza, ella también sonreía. Sus madres, ellas lo fueron, una de sangre, otra de corazón y una solo por palabra, en ese respectivo orden. Se puso de pie y camino hacia la cajonera ubicada a un lado de la puerta, abrió el primer calor y de este saco un gran álbum fotográfico, volvió sobre sus pasos a la cama, volviendo a tomar asiento en el mismo lugar en que estaba hace unos momentos, abrió el álbum y paso página tras página, dejando ver varias fotografías, pequeños momentos que ella jamás olvidaría, pero que encantada los retrato y guardo. Se detuvo en una página, donde en varias fotografías se encontraba ella junto a una hermosa pelinegra de orbes grises, en todas ambas sonreían con alegría y se abrazaban con mutuo cariño, salvo en una, donde solo se veía a la hermosa mujer pelinegra. Tomo aquella fotografía y cerro el álbum. Aizome, su tía de sangre, hermana de su padre y madre biológica, pero su madre de corazón, desde que tenía memoria. Observando esa fotografía donde Aizome le sonreía como solo le sonreía a ella, con una sonrisa llena de amor y ternura, no puedo evitar dejar que una solitaria lágrima abandonara su ojo derecho, se deslizara por su mejilla, avanzara por su cuello y se perdiera en la tela de su ropa. Necesitaba a su padre, lo necesitaba más que nunca; Necesitaba refugiarse entre sus brazos y llorar contra su pecho, llorar como la niña que en verdad era, necesitaba llorar la “muerte” de Aizome. Pero no podía llorar sola, sabía perfectamente que si lo hacía podría morir, su cuerpo y fuego interno no resistirían que llorara tanto.


Junto las cuatro fotografías y las volvió a colocar dentro del sobre, luego lo oculto nuevamente entre el montón de cabello, coloco cuidadosamente las tijeras en el compartimiento de junto y cerro el cofre. Se dejó caer en la cama y cerro sus ojos, tenía que seguir siendo fuerte, tenía que seguir sonriendo y evitar el caos. Mientras ella sonriera todo estaría bien, mientras mostrara una sonrisa a sus familiares, a nadie le importaría lo que pasara por su mente o corazón. Eso siempre había sido así y eso no cambiaría ahora. [/c][/i]


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Aurora Scarlett Nightmare Everdeen | Blog | iOrbix
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