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Roᥕᥱᥒᥲ Morgᥲᥒ
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—Come now, Stolas, dear.
 
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— ¡Estamos aquí para continuar nuestro avance en contra de la Iglesia! El nuevo representante de Dios, recién conmemorado, hará una visita a la ciudad. Confío en que contaré con su ayuda para el próximo golpe.

Sonaba convencido de que así sería. Pero, por dentro, estaba aterrado. ¿Dónde se encontraba su señora?
 
 
Cerró los ojos de cuervo tras la mínima señal de afecto.

— A la orden.

Salió volando. No se despidió, pues, volver a verla en la noche era parte del sueño. Ya habría oportunidad de tomar un baño después de planear.

Convocar a las 5 hermanas en el bosque, luego de ubicarlas mediante un ritual, era entero complicado. Por fortuna, las otras 4 sabrían de la presencia de la otra y eso le ahorraba tiempo. Convencerlas de quedarse o negociar con ellas, por otro lado, no estaba a su alcance. Cree que ellas son mezquinas y quieren algo a cambio por el mínimo de cooperación. Pero que ninguna es más atemorizante que Rowena, en su opinión.

Ya entre arbustos, con la noche en curso y las hermanas en ronda, volvió a llamar a su señora para dar comienzo al ritual (eso que ella llama "la bendición").

— Caw, caw.

Cantó glorioso. Se enorgullecía de haberlas juntado en menos de una noche. Débil e inferior, temía por su seguridad frente a tanto poder.
 
 
—3 días.

Repitió, y su mirada se perfiló de nuevo sobre el horizonte, acompañada de un suspiro profundo, pero silencioso, que hizo que su pecho se inflara, y otro destello de su rubí escapara con esos últimos rayos del sol.

—Necesito prepararme, la Madre se acerca, pero aún está incompleta. Como quisiera tener un baño de luna.

Pareció anhelar, aunque el tono de su voz no cambiaba.

—Reune a mis hermanas, las 5 de siempre. Las veré en el bosque, en el claro de Glan Gwna.

Entonces se volvió hacia el cuervo, y por primera vez, le sonrió casi con gentileza, y subió una de sus manos para acariciarle con un dedo enguantado por debajo del pico.

—Te encontraré en la cabaña, después de todo, fy annwyl; debo prepararme para pedir la bendición de las madres...
 
 
¿Y por qué no? Si llevaba tanto tiempo sin verla, lo primero que necesitaba lograr era aliviar el ambiente. Después de todo, ella no era tan irracional como para no darse cuenta de las pequeñas provocaciones en favor de su aleccionamiento; siempre en buen plan.

Un sutil reposicionamiento lo hizo inclinar la cabeza de cuervo, prestándole atención a la exposición tan elocuente. No iba a admitir que se entristecía por no poder formar parte de la otra magia que conlleva derramar sangre cristiana.

—... Entendido, mi señora. ¿Qué más necesita? Tenemos tiempo antes de llevar adelante la ejecución... del asunto.
 
 
—Gochel, Stolas, tus provocaciones no son artimañas que debas usar conmigo, deall?

Su voz ahora era tan afilada como su mirada, que cayó pesada sobre las piedras que yacían a sus pies. La información consecuente la hizo levantar el rostro a la par que suspiraba, como si de esa forma se llenase del orgullo y temple que necesitaría a la llegada de la comitiva del obispo. Sus aretes se agitaron, y su cuello se tensó en esa postura.

—Este pueblo tiene los suficientes católicos (y las que fingen serlo) como para ser un pueblo sin demasiada devoción. Déjame a mí los asuntos de los mortales, y la magia la usaré cuando sea necesario, Stolas; el poder es consecuencia de buenas estrategias, recuérdalo bien. Tú debes continuar siendo mi informante, usa bien esos ojos, mejor aún esas alas.

Pareció aleccionarle, entonces, con una sonrisa a medio labio aún marcada en su rostro.
 
 
— Reunir a más católicos debe ser contraproducente; incluso para vos. Creo que le estoy asignando un objetivo demasiado grande.

Habría hecho alarde de su orgullo como informador, provocándola. Sabía que el riesgo era un incentivo de lo más prometedor para Rowena. No por nada le seguía susurrando al oído que tomase la propuesta. La carne es débil, pero, ante la magia, todos ceden.

— 7 de la mañana, en 3 días. Estará acompañado de unos ministros del Interior. Desconozco qué asuntos tienen por tratar. Quizás usted sepa más de eso que yo. Una multitud, seguramente, se  aglomere ante su presencia. Fanáticos religiosos. Deberá observar a dónde se dirige después. Yo puedo hacerme cargo de los guardias.
 
 
Sintió el peso del cuervo abandonar su mano, y esta quedó en el aire aún cuando él la rodeó con sonoros aleteos. No fue hasta que lo sintió sobre su hombro que bajó su mano, y su mirar regresó al horizonte, justo sobre la muralla del castillo que les prevenía ver el mar, pero no así el ocaso.

No pasó por alto la protesta, pero la insinuación del demonio la hizo cambiar su semblante sereno a uno afilado, y en su rostro inmaculado se apreciaba la contemplación y el complot.

—Amynedd, Stolas. Si nos apresuramos a eliminarlo, crearemos un mártir.

Aseveró con calma, y volvió su rostro hacia el cuervo, de nuevo sonriendo, pero no con júbilo, sino artera.

—Después de todo, el Obispo es un hombre, como todos, y la carne es débil... Tendremos que ver de qué forma nos beneficia más su presencia aquí. Sólo asegúrate de averiguar todo sobre su caravana, y el resto déjamelo a mí; yo me haré cargo de los hombres, y de Dios.
 
 
No gustaba de ser callado así. Pero, tratándose de su ama, era la única a quien podía conferirle ese derecho.

— Caw, Caw.

Señaló, a modo de protesta.

El ruido de las joyas, por la gracia de su movimiento, lo tranquilizó por momentos. Dio un par de vueltas alrededor de su cuerpo, en ir y venir ansioso, hasta volver a posarse sobre su hombro.

Al oído, continuaba:

— Hablo del nuevo Obispo. Que se vuelva un santo o no, dependerá de lo que haga con él. Si lo que quiere es molestar a Dios, ¿qué mejor que enviarle uno de sus ángeles de vuelta?
 
 
—Tawelwch, Stolas.

Musitó, nada ceremoniosa, pero tan firme como suave, como quien repite una consigna a un niño, casi con ternura. Conocía las formas de Stolas, incluso más de lo que ella creía, sabía que era caprichoso, insolente, y devoto ante todo. Su sonrisa se mantuvo, y acercó al cuervo posado sobre su mano a su rostro, aún quedando con su por encima de él, y en ese movimiento todas sus joyas destellaron. Y sin embargo, sus ojos parecieron cerrarse significativamente al escuchar al cuervo mencionar la visita de una personalidad importante De la Iglesia.

—¿El sucesor de Dewi Sant?

Cuestionó incrédula, en un farfullo de mofa que hizo sus dientes destellar brevemente por entre sus labios en una sonrisa de sorna.

—Exactamente, ¿a qué te refieres con eso, Stolas? Dewi lleva siglos muertos, y los santos no precisamente tienen decendientes. Es que, ¿acaso me traes noticias de un nuevo Santo galés?

Su mirada se afiló entonces, llena de recelo e intriga.
 
 
Por el movimiento de su mano, un pequeño salto que lo obligó a suspenderse en el aire, antes de volver a bajar, fue dado. Un revoloteo con gracia antecede su próxima acusación:

— ¿Insinúa que no puedo encargarme de aquel que cuestione nuestros métodos?

Había un falso drama en su interrogación. Le tiene sin cuidado que duden de su sanidad mental. Es capaz de tomar medidas mortales contra quien, siquiera, se atreva a pensar en ello. No hay estancamiento en sus habilidades, ni en las maestrías que todavía practica.

De haber podido, habría mostrado los dientes en una sonrisa.

— He oído que el nuevo sucesor de David de Gales vendrá a la ciudad en los próximos días. ¿Es capaz de vérselas contra él, el día de su bienvenida ceremonial? Por lo menos, tantear el terreno...
 
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